Tal vez debería haberlo hablado con él. Sentarlo y decirle: Serguei me siento seca. Me siento dejada al sol como una de tus pinturas. Ser musa no alcanza. O mejor dicho: no me alcanza. Pero ya se sabe que yo no digo nada. Guardo todo y me dejo estar.
Lo dejé estar.
Nos seguimos queriendo.
Tosca seguia sonando.
Callas. Maria. Calla.
Como suele ser en una obra de teatro: cuando un personaje se aleja es como si diera la señal perfecta para que el otro se acerque.
Complicado.
¿Por qué no acercarnos cuando estamos cerca y alejarnos cuando todo está perdido?
Eso sólo parece funcionar al comienzo.
Y ya luego nos olvidamos. Nos apoltronamos. nos acopiamos. Nos pensamos que el trabajo del amor es un trabajo cansador y preferimos cargar cajones en el puerto.
Y así fue.
El día menos pensado César comenzó a espiarme. A descifrarme. A leer las entrelineas de todo lo que no decia. A anticipar mis llantos y mis risas y a tenderme una mano cada vez que Serguei estaba demasiado ocupado preparando una muestra. El resumen es burgués y simplón pero así fue. Yo pienso que mi culpa fue no haberlo hablado, no haber preparado una cena (tal vez aquella igual al puchero que comimos juntos cuando nos conocimos) y confiar en que me iba a entender. Y me iba a querer rescatar. Creo que siempre crei que los hombres son demasiado orgullosos para luchar por algo salvo que se trate de una competencia entre ellos. Y no dije. Y lo dejé así porque de repente fuimos tres. Y tres fue perfecto. Nunca más me sentí sola. Nunca más me falto el amor. Ni la fe de saber que era musa pero también inspiradora de acciones intrepidas y queribles. César entro en escena y se sentó en medio del escenario para quedarse. No lo supe hasta que fue demasiado tarde.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment