Monday, 22 October 2007

11

El agua llega hasta el pasillo cuando la ópera estalla a un volumen extremo.
- ¿Serge?
Grito por la casa y Plácido por un parlante. Decapitado de raíz. Stop. El agua y la pintura cuelgan del piso. Vaya uno a saber en qué celda entraste esta vez, colorista de aguarrás.
Tu mameluco tirado, tus pantuflas paradas en la puerta y yo que no te encuentro.
Los lienzos rotos de tu último ataque nocturno por mi tardanza me ojean la espalda. Se me caen los papeles de la mano. Miro nuestros huecos de cuando éramos sólo felices y entrevero la última escena del parque. No podía mentirte y vos me confrontaste con la polaroid saliendo del departamento de Filguer.
Todo hecho pedazos mientras llovía espeso de azul y verde y yo no pude prometerte nada porque no quise hacerlo. Vos sos mi sonido y allí está la desgracia de la campanada que sonó hace media hora y dejó un hilito de voz.
Él es mi paso con pie de franela y ahí estás vos con mi alegría de opereta, mi allegro vivace de cuerdas vocales. Tres. No puede ser que no pueda ser.
Saliste furioso y la calle te recibió violeta.
Gritabas desde la esquina. Te escuché y me fui a dormir.
Salí y ahora he vuelto.
¿Dónde estás, carajo?
El agua corre desde todos los zócalos. El baño entreabierto, la puerta gris, la pátina de mi amor y el tuyo.
Tu brazo que cuelga de la bañera y el agua que se volvió roja.
Tus ojos que no miran, tu voz quedó atrapada en los hilos finales de este domingo.
Sergei. Grité. Por primera vez en años grité desesperada de no volver a escucharte. Inerte, desnudo, te ibas por los tubos de esta ciudad.
Te abrace con piedad, te abrazo.
¿Cómo te hice? Tarde sin tiempo.
Es domingo, te vas, me dejás, me silenciás.
No me dejes.
Las manos astilladas de frotarte para reavivarte el color se resbalan, chapoteo entre tu pintura natural, me tiro sobre tu cuerpo y el agua que se divide cuando el mundo se cierne sobre mi mundo.
¿Quién va a darme sonido?
Decí algo.
Vos que me enseñaste que la voz se levanta cuando uno se retuerce inventá la manera y decí algo.
No sé cuantas horas pasaron pero tu sangre se secó entre mi ropa. Te saca un paramédico cuando Hernán me lleva con paso de aquí viene la viuda.
Venas mis venas, sangre tuya que tarde, muy tarde, fue mía.
Sigo esperando que digas algo cuando César entra con la buena espina de darme el pésame. Es solamente el verdugo de mi nueva imagen de hipócrita y mal nacida y ustedes ya me duelen.

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