Thursday, 18 October 2007

6

Prestos. Salimos corriendo bajo la nieve.
- Que no quiero nada si no es contigo
- No te escucho -, le grite cuando todavía le llevaba unos 10 metros de ventaja.
- Que la gallería es troppo grande sin te -, me gritó.
- ¿Cómo podés saberlo, si nunca estuve más de 10 minutos?
- Lo escucho, lo veo - me dijo parado en medio de la Avenida A.
El cielo era color lavanda.
- Dale, nena ¿Qué te parece?

Now you see me.
Simple.
Aunque, atenta a que nadie me había enseñado la simpleza, me lo advertí.
Pero Serguei insistió. E insistió hasta que quedé plegada entre sus sábanas. Pocas veces nos dimos la espalda. Nos miramos las pocas arrugas. Nos metimos en un café.

- Dos chocolates calientes, dijo Sergui y se arregló el bigote. Tenía una enorme cara de contento. Estaba empeñado y yo me dejé estar.

Un amor de colores oscuros de duración quinquenal, eso íbamos a tener. Porque en el rellano él era tierno. Cuando se le pasaba el maremoto era tierno. Y si el mundo se le agitaba, mejor aún, ahí tenía la situación perfecta de creer que de mi podía aprender algunos silencios. Que me provocase ternura no era nada nuevo. Aquél primer domingo llegó con la boina entre los dedos, un cuadro de Riccot en la mano. Le caía perfectamente y la palabra, desde entonces, fue tierno.

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