- Con vos, los domingos no se puede ni hablar.
Sentado en la escalera Hernán repite esa frase como una letanía.
“No los puedo vivir, hablar no me molesta”, pensé sin decirle nada.
Hace cuatro años que Serguei había desaparecido. Fue un domingo, como también había sido domingo el día en que había aparecido por primera vez, tal vez sea por eso. “Soy el último druida de la cuadra”, se presentó entonces. Al irse no dijo nada.
“Hernán Garro, el pintor argentino radicado en Nueva York, expone en una galería del Soho. Ubicada en el 339 de la calle Prince, la sala pertenece al pintor italiano de origen ruso Serguei Ponietska, ganador del premio nacional Da Vinci en 1986. Esta es la primera muestra conjunta que Ponietska y Garro realizan en la gran manzana”, decía la crónica de La Voz, el diario mexicano.
“Che, parece que es verdad que le va bien”, dijo mi hermano Julio leyendo la crónica en voz alta.
“¿Y por qué iba a ser mentira?”, pregunté.
Pintores amigos, Hernán y Serguei no daban “pincelada sin vino”, comían lupines y hablaban con la pasión exagerada que se importa desde ciertos lugares: era alucinante pero Vetrek, en Rusia y Ramos Mejía, en Argentina podían proveer una combinación pasional semejante. Hernán pintaba con signos liliputienses mientras su amigo Serguei prefería la abstracción inspirada por la ópera a grandes decibeles.
Nueva York, 14 de marzo de 1992
Bernardita querida:
Hola. ¿Cómo va todo por allí? Esto es mejor de lo que creí ¿cómo no me vine antes? Todo está dispuesto para recibir a mis amigos. La última muestra dio muy buenos resultados (te vas a caer de culo pero, en una semana, me hicieron casi 30 notas. El New York Times, semanarios de arte, dos boletines de universidades, Bordeliners, una publicación del Soho y no me acuerdo qué otras más). ¿Cómo está tu viejo? Mandale un abrazo. La semana pasada te llamé pero tu mamá me dijo que estabas yendo pocas veces a dormir allá ¿en qué andás? El otro día me cruce a un tipo, dueño de un launchonette (es una especie de fonda estilo yanqui) y me dijo que acá es muy fácil conseguir trabajo de “cocinera” (no te enojes, ya sé que se dice “Chef”). Hay que irse de querida, de lejos, todo parece un circo. Te juro que ves bien claro cómo se va todo a pique. Hace diez años estábamos en una guerra que era una verdadera una payasada y ahora miro la televisión y no puedo creer lo que veo… qué contarte que no sepas. ¿Cómo estará todo en 10 años más? ¿Cómo será el 2002? ¿Y el 2012? Mejor verlo de lejos, creo yo. La patria, como la mayoría de los amores, cuando no se hace cotidiana se hace perdón y querencia.
Bueno, qué se yo. Escribime, contame cómo andás. O si no, veníte. Además del trabajo tengo otras dos buenas razones para tentarte: conseguí un departamento enorme y tengo un amigo para presentarte. Serguei, un ruso que vivió en Italia durante años. También pintor, un tipo fantástico. Bigote manubrio, finito, pelado, corte de hombre musculoso de la década del ¿20? No sé pero muy simpático. Cuando le dije que te encantaba el personaje de Ivan Illich y que también sabías cocinar pasta asciuta casi se toma el avión para ir a buscarte (después de ver tu foto, esa en la que tenés el vestido negro largo y el pelo atado, pensó en buscarte porque tenés “los labios redondos como sólo las mujeres que besan bien los tienen”, sic de Serguei… no te podés quejar. ¡Un poeta!). Qué se yo. Imaginé que te gustaría. Y anda un poco solo. Ya no sé qué parte imagino y qué parte es real.
Espero que alguna vez se produzca el milagro.
Un beso en la frente
Hernán
Pd: Y no me digas que no querés más “artistoides” porque te encantan”
Así fue. Cuando parecía que yo ya no tenía más causas ni quería a nadie, Hernán me lo trajo por carta. “Basta de artistoides con espacio para la locura y el mal menor”, le repetía. Aunque bastó que apareciese Serguei para dejarme caer en el ensueño de la que ya se prueba el traje de misericordia antes de pasar por el púlpito. Llegué pronto a Nueva York: era el año 1994, casi 1995. Y así llegué y cai rendida (Hernán siempre me conoció bien). Serguei -cosaco menor- dejó de decirme Bernarda para llamarme Santa Bernardette. Yo, por esos días, prefería ser María la de las cuentas plásticas estiradas como alambres entre los pelos, pero él, sin consuelo, me llamaba Bernardette. Beata. Apareció un domingo y me dejó acá, entre sus cosas también en otro.
Desde la escalera, Hernán me recuerda que todavía hay que descolgar sus cuadros, armar las cajas y dejar todo presentable antes de las seis. Habla de la partida, de los años de estar, del alejarse del barrio, de las ganas de volver, del cambio de los tiempos... me salvé de la virgen de Luján porque nunca le interesaron los santos ni las promesas. Hernán se vuelve. Me mira con gallitos verdes en las pupilas. Envalentonado con los ojos.
— Me preocupa cómo vas a estar. Digo, ahora que me voy.
Se calla, ve que no le da resultado y arremete con franqueza barata y psicoanalítica.
- Tu problema... -garganta que se aclara-, blah, blah y blah.
Hernán, con discurso de calesita, ni se te ocurra empezar con el revisionismo retórico del qué será de haber sido. No me sirve. Llamarme Bernardette y no Ana Pavlova o Fausta es mi actual problema.
Esta casa tuya me lo trae. Una aparición de domingo, un engendro dominical. El cuadro entre las manos, las palmas con grietas y el acento-vozarrón.
- Es imposible salir del círculo, Bernardita-, me dijiste. Y llevaste la olla de puchero a la mesa. Hernán se relamía de verme estirando los brazos para alcanzar la sal mientras con la mano le rozaba el cuello a su amigo. A cada movimiento le correspondía un comentario hilarante que me petrificaba. Hernán era cómplice. Si hasta lo había preparado a mis espaldas con esa miserable necesidad de filo-hermano que quiere verme feliz.
- Amigo tuyo tenía que ser, otro luchador de brocha fina.
- Amiga tuya tenía que ser, para ser una mujer de ojos grandes arrastrada por el viento norte.
Hernancito me entregó como quien deja una encomienda después de pasearla bajo el brazo por todas las avenidas y de cuidarla de la lluvia y las centellas. Me llevó de mí hacia él, sólo por hacerme feliz. Tres.
Hernán se levantó de la silla, dio vueltas unos minutos y decidió salir sin decir nada. Serguei me miraba y yo, nerviosa, seguía salando el plato que ya estaba incomible. Me descubrí escuchando una historia con infancia en Rusia, padres huyendo, estudios en Italia, el amor por la pintura y la sensación de ser un paria.
- De andar sin vida más que con la que se lleva en la valija.
El pintaba el mundo porque desde algún rincón hay que hacer algo con los fantasmas que se cuelan entre el aire. Padres muertos, de coincidencias dispares. La sal seguía cayendo sin razón. Estaba nerviosa, sí. Estaba sola y yo también me sentía paria. Le hablé de un limonero que mi viejo había plantado en la puerta de la casa de la calle Ramsay. Estábamos solos como los que no pudieron quedarse a ver si el árbol llegaba a la marca de la pared.
- Vos sabés... dejar la casa, dejar el barrio.
Los brazos de mi padre, le miré los brazos. Nos escuchábamos la historia. Hernán volvió. Habían pasado 3 horas. Serguei me seguía mirando. Lo acompañé a la puerta. Y arremetió con un beso. Estando aquí, dejando allá. Era un hombre de sentirse y verse solo. El y yo éramos eso. Volví a entrar y mi compañero de casa, Hernancito bonaerense, me hizo un guiño como si hubiese cumplido su tarea. Estaba feliz, tal vez más que yo. No le importaba que la época en la cual habíamos sido dos-unidos-por-calor-de-pampa, con algunas señoritas muy suyas de ir y venir, no fuese a regresar. Según su versión, mientras él cortaba breteles, a mí me hacía falta el trazo de su amigo al que tanto le había hablado de mi desde la primera vez que me vio en una foto hecha en la Capital Federal de la República Argentina (a Serguei le gustaba llamarla así como si sonase casi de Europa del Este). Después de la cena llegaron los tiempos desesperados. Nos besamos mil veces más.
Y nos quedamos.
Y enloquecimos.
Y la ópera sonaba en la casa.
Y Serguei cantaba.
Y pintaba.
Y yo sentía que, aunque sea de a ratitos, era feliz.
Felices éramos.
Cuando quise darme cuenta, toda mi cara, con ojos incluidos, estaba estampada entre bastidores y tachos con agua que con la opereta del pintor llegaba a despertar a los vecinos.
Nos quedamos mirándonos a los ojos. E hicimos una cita para la hora del té de la semana siguiente. Tres entonces. Serguei, que desde el primer día llevaba la marca de la desesperanza, era un semi hombre tendido en un cuerpo que hacía tiempo había dejado de pertenecerle. Como una premonición del final, en el comienzo también hubo un cortejo de semanas y un ahogo mio cuando no quería escucharlo. Con escapadas a los parques.
Me negué por un tiempo cambiar el escenario de su casa por el del taller-galería de la calle Prince. Tenía miedo de encontrarme con el silencio y no saber qué hacer. Cambió de galería y nos quedó el amor. Amor de hacer fricción contra los días para dejarse estar, para conocerse entre las sombras. De explosiones por meternos debajo de la piel ajena-propia para buscar calor y ser felices. Amor, amor, amor.
Amor de color ciénaga y tormenta bien negra.
Hernán sigue colgado de la escalera y parece mentira que así sea la última imagen que quiere que guarde de él. No puedo creer que se vaya. ¿Para completar este triángulo, yo también debería irme? Es casi el año 2000, faltan dos para ver qué pasa en el eterno retorno.
Fuimos entonces tres más uno, más varios inestables.
Serguei deambulaba por la casa buscando no sé qué pálida textura para darle una colorida fiesta de bienvenida a su único amigo del viejo mundo. Éramos como la familia Telerín: con vocecitas de pito y vestiditos rojos a lunares blancos.
Tres idiotas riendo de las horas. Hernán el curador y yo ojos que sólo miran a Serguei, que deambula como un poseso de delantal manchado, con sus ansias de llamar mi atención. Su amigo estaba llegando tres horas tarde pero directamente desde el Foro, con el Coliseo a cuestas y la Piazza Navona colgada de una oreja. Habían sido estudiantes de arte, compañeros del marchito rumbo de estar solos. “César quería ser actor... y lo logró. Ahora también viene a Nueva York para quedarse”, decía Serguei con tono emotivo por el reencuentro. El fastidio de pensar que ese histrión intruso iba a quitarnos nuestro triángulo perfecto me hacía verlo actor de merengue, empalagoso y lento como cuando, derretido, cae. Jamás imaginé que podría transformar mi mala gana de recibirlo.
Serguei no lo sabía, pero al final de ese día dejaría de ser feliz.
¿Yo acaso lo sabía?
Era 1996. Hacia casi dos años que éramos un amor infinito.
Hernán descuelga el último cuadro, corre el cierre de la valija y habla:
- Vamos a tomar el último trago -me dice con letra de tango cuando cierra por anteúltima vez la puerta de su casa aquí en el norte.
Tengo el recuerdo inconcluso de aquél día.
La respuesta es: yo tampoco.
Sentado en la escalera Hernán repite esa frase como una letanía.
“No los puedo vivir, hablar no me molesta”, pensé sin decirle nada.
Hace cuatro años que Serguei había desaparecido. Fue un domingo, como también había sido domingo el día en que había aparecido por primera vez, tal vez sea por eso. “Soy el último druida de la cuadra”, se presentó entonces. Al irse no dijo nada.
“Hernán Garro, el pintor argentino radicado en Nueva York, expone en una galería del Soho. Ubicada en el 339 de la calle Prince, la sala pertenece al pintor italiano de origen ruso Serguei Ponietska, ganador del premio nacional Da Vinci en 1986. Esta es la primera muestra conjunta que Ponietska y Garro realizan en la gran manzana”, decía la crónica de La Voz, el diario mexicano.
“Che, parece que es verdad que le va bien”, dijo mi hermano Julio leyendo la crónica en voz alta.
“¿Y por qué iba a ser mentira?”, pregunté.
Pintores amigos, Hernán y Serguei no daban “pincelada sin vino”, comían lupines y hablaban con la pasión exagerada que se importa desde ciertos lugares: era alucinante pero Vetrek, en Rusia y Ramos Mejía, en Argentina podían proveer una combinación pasional semejante. Hernán pintaba con signos liliputienses mientras su amigo Serguei prefería la abstracción inspirada por la ópera a grandes decibeles.
Nueva York, 14 de marzo de 1992
Bernardita querida:
Hola. ¿Cómo va todo por allí? Esto es mejor de lo que creí ¿cómo no me vine antes? Todo está dispuesto para recibir a mis amigos. La última muestra dio muy buenos resultados (te vas a caer de culo pero, en una semana, me hicieron casi 30 notas. El New York Times, semanarios de arte, dos boletines de universidades, Bordeliners, una publicación del Soho y no me acuerdo qué otras más). ¿Cómo está tu viejo? Mandale un abrazo. La semana pasada te llamé pero tu mamá me dijo que estabas yendo pocas veces a dormir allá ¿en qué andás? El otro día me cruce a un tipo, dueño de un launchonette (es una especie de fonda estilo yanqui) y me dijo que acá es muy fácil conseguir trabajo de “cocinera” (no te enojes, ya sé que se dice “Chef”). Hay que irse de querida, de lejos, todo parece un circo. Te juro que ves bien claro cómo se va todo a pique. Hace diez años estábamos en una guerra que era una verdadera una payasada y ahora miro la televisión y no puedo creer lo que veo… qué contarte que no sepas. ¿Cómo estará todo en 10 años más? ¿Cómo será el 2002? ¿Y el 2012? Mejor verlo de lejos, creo yo. La patria, como la mayoría de los amores, cuando no se hace cotidiana se hace perdón y querencia.
Bueno, qué se yo. Escribime, contame cómo andás. O si no, veníte. Además del trabajo tengo otras dos buenas razones para tentarte: conseguí un departamento enorme y tengo un amigo para presentarte. Serguei, un ruso que vivió en Italia durante años. También pintor, un tipo fantástico. Bigote manubrio, finito, pelado, corte de hombre musculoso de la década del ¿20? No sé pero muy simpático. Cuando le dije que te encantaba el personaje de Ivan Illich y que también sabías cocinar pasta asciuta casi se toma el avión para ir a buscarte (después de ver tu foto, esa en la que tenés el vestido negro largo y el pelo atado, pensó en buscarte porque tenés “los labios redondos como sólo las mujeres que besan bien los tienen”, sic de Serguei… no te podés quejar. ¡Un poeta!). Qué se yo. Imaginé que te gustaría. Y anda un poco solo. Ya no sé qué parte imagino y qué parte es real.
Espero que alguna vez se produzca el milagro.
Un beso en la frente
Hernán
Pd: Y no me digas que no querés más “artistoides” porque te encantan”
Así fue. Cuando parecía que yo ya no tenía más causas ni quería a nadie, Hernán me lo trajo por carta. “Basta de artistoides con espacio para la locura y el mal menor”, le repetía. Aunque bastó que apareciese Serguei para dejarme caer en el ensueño de la que ya se prueba el traje de misericordia antes de pasar por el púlpito. Llegué pronto a Nueva York: era el año 1994, casi 1995. Y así llegué y cai rendida (Hernán siempre me conoció bien). Serguei -cosaco menor- dejó de decirme Bernarda para llamarme Santa Bernardette. Yo, por esos días, prefería ser María la de las cuentas plásticas estiradas como alambres entre los pelos, pero él, sin consuelo, me llamaba Bernardette. Beata. Apareció un domingo y me dejó acá, entre sus cosas también en otro.
Desde la escalera, Hernán me recuerda que todavía hay que descolgar sus cuadros, armar las cajas y dejar todo presentable antes de las seis. Habla de la partida, de los años de estar, del alejarse del barrio, de las ganas de volver, del cambio de los tiempos... me salvé de la virgen de Luján porque nunca le interesaron los santos ni las promesas. Hernán se vuelve. Me mira con gallitos verdes en las pupilas. Envalentonado con los ojos.
— Me preocupa cómo vas a estar. Digo, ahora que me voy.
Se calla, ve que no le da resultado y arremete con franqueza barata y psicoanalítica.
- Tu problema... -garganta que se aclara-, blah, blah y blah.
Hernán, con discurso de calesita, ni se te ocurra empezar con el revisionismo retórico del qué será de haber sido. No me sirve. Llamarme Bernardette y no Ana Pavlova o Fausta es mi actual problema.
Esta casa tuya me lo trae. Una aparición de domingo, un engendro dominical. El cuadro entre las manos, las palmas con grietas y el acento-vozarrón.
- Es imposible salir del círculo, Bernardita-, me dijiste. Y llevaste la olla de puchero a la mesa. Hernán se relamía de verme estirando los brazos para alcanzar la sal mientras con la mano le rozaba el cuello a su amigo. A cada movimiento le correspondía un comentario hilarante que me petrificaba. Hernán era cómplice. Si hasta lo había preparado a mis espaldas con esa miserable necesidad de filo-hermano que quiere verme feliz.
- Amigo tuyo tenía que ser, otro luchador de brocha fina.
- Amiga tuya tenía que ser, para ser una mujer de ojos grandes arrastrada por el viento norte.
Hernancito me entregó como quien deja una encomienda después de pasearla bajo el brazo por todas las avenidas y de cuidarla de la lluvia y las centellas. Me llevó de mí hacia él, sólo por hacerme feliz. Tres.
Hernán se levantó de la silla, dio vueltas unos minutos y decidió salir sin decir nada. Serguei me miraba y yo, nerviosa, seguía salando el plato que ya estaba incomible. Me descubrí escuchando una historia con infancia en Rusia, padres huyendo, estudios en Italia, el amor por la pintura y la sensación de ser un paria.
- De andar sin vida más que con la que se lleva en la valija.
El pintaba el mundo porque desde algún rincón hay que hacer algo con los fantasmas que se cuelan entre el aire. Padres muertos, de coincidencias dispares. La sal seguía cayendo sin razón. Estaba nerviosa, sí. Estaba sola y yo también me sentía paria. Le hablé de un limonero que mi viejo había plantado en la puerta de la casa de la calle Ramsay. Estábamos solos como los que no pudieron quedarse a ver si el árbol llegaba a la marca de la pared.
- Vos sabés... dejar la casa, dejar el barrio.
Los brazos de mi padre, le miré los brazos. Nos escuchábamos la historia. Hernán volvió. Habían pasado 3 horas. Serguei me seguía mirando. Lo acompañé a la puerta. Y arremetió con un beso. Estando aquí, dejando allá. Era un hombre de sentirse y verse solo. El y yo éramos eso. Volví a entrar y mi compañero de casa, Hernancito bonaerense, me hizo un guiño como si hubiese cumplido su tarea. Estaba feliz, tal vez más que yo. No le importaba que la época en la cual habíamos sido dos-unidos-por-calor-de-pampa, con algunas señoritas muy suyas de ir y venir, no fuese a regresar. Según su versión, mientras él cortaba breteles, a mí me hacía falta el trazo de su amigo al que tanto le había hablado de mi desde la primera vez que me vio en una foto hecha en la Capital Federal de la República Argentina (a Serguei le gustaba llamarla así como si sonase casi de Europa del Este). Después de la cena llegaron los tiempos desesperados. Nos besamos mil veces más.
Y nos quedamos.
Y enloquecimos.
Y la ópera sonaba en la casa.
Y Serguei cantaba.
Y pintaba.
Y yo sentía que, aunque sea de a ratitos, era feliz.
Felices éramos.
Cuando quise darme cuenta, toda mi cara, con ojos incluidos, estaba estampada entre bastidores y tachos con agua que con la opereta del pintor llegaba a despertar a los vecinos.
Nos quedamos mirándonos a los ojos. E hicimos una cita para la hora del té de la semana siguiente. Tres entonces. Serguei, que desde el primer día llevaba la marca de la desesperanza, era un semi hombre tendido en un cuerpo que hacía tiempo había dejado de pertenecerle. Como una premonición del final, en el comienzo también hubo un cortejo de semanas y un ahogo mio cuando no quería escucharlo. Con escapadas a los parques.
Me negué por un tiempo cambiar el escenario de su casa por el del taller-galería de la calle Prince. Tenía miedo de encontrarme con el silencio y no saber qué hacer. Cambió de galería y nos quedó el amor. Amor de hacer fricción contra los días para dejarse estar, para conocerse entre las sombras. De explosiones por meternos debajo de la piel ajena-propia para buscar calor y ser felices. Amor, amor, amor.
Amor de color ciénaga y tormenta bien negra.
Hernán sigue colgado de la escalera y parece mentira que así sea la última imagen que quiere que guarde de él. No puedo creer que se vaya. ¿Para completar este triángulo, yo también debería irme? Es casi el año 2000, faltan dos para ver qué pasa en el eterno retorno.
Fuimos entonces tres más uno, más varios inestables.
Serguei deambulaba por la casa buscando no sé qué pálida textura para darle una colorida fiesta de bienvenida a su único amigo del viejo mundo. Éramos como la familia Telerín: con vocecitas de pito y vestiditos rojos a lunares blancos.
Tres idiotas riendo de las horas. Hernán el curador y yo ojos que sólo miran a Serguei, que deambula como un poseso de delantal manchado, con sus ansias de llamar mi atención. Su amigo estaba llegando tres horas tarde pero directamente desde el Foro, con el Coliseo a cuestas y la Piazza Navona colgada de una oreja. Habían sido estudiantes de arte, compañeros del marchito rumbo de estar solos. “César quería ser actor... y lo logró. Ahora también viene a Nueva York para quedarse”, decía Serguei con tono emotivo por el reencuentro. El fastidio de pensar que ese histrión intruso iba a quitarnos nuestro triángulo perfecto me hacía verlo actor de merengue, empalagoso y lento como cuando, derretido, cae. Jamás imaginé que podría transformar mi mala gana de recibirlo.
Serguei no lo sabía, pero al final de ese día dejaría de ser feliz.
¿Yo acaso lo sabía?
Era 1996. Hacia casi dos años que éramos un amor infinito.
Hernán descuelga el último cuadro, corre el cierre de la valija y habla:
- Vamos a tomar el último trago -me dice con letra de tango cuando cierra por anteúltima vez la puerta de su casa aquí en el norte.
Tengo el recuerdo inconcluso de aquél día.
La respuesta es: yo tampoco.
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