“¿Cuándo es que un hombre empieza a odiarte?”, preguntó Laurita, ella siempre tomaba notas de los pesares ajenos para asegurarse de que, cuando estuviesen a punto de sucederle a ella, iba a estar alerta. En realidad, no sé si preguntó cómo era eso de que, de repente, sin avisos previos (o al menos sin que uno hubiese tomado nota), un hombre podía empezar a odiarte. O si dio por sentado que, no importa cómo sucedan las cosas, existe un riesgo importante de odiar al otro y quiso saber cómo era la cosa.
“Si es así es porque en realidad nunca te amó”, le aclaró Silvia, nuestra amiga en común y una chica siempre dispuesta a lanzar expresiones cursis. “Eso de la vía endeble entre el amor y el odio es una excusa”, dijo. Nada brillante y siguió comiéndose las uñas. Martes feriado por la tarde. Tres mujeres sentadas bajo la misma lámpara, como en fila india, en el piso de la casa de Silvia, la visitadora médica, la que siempre tiene novios aburridos a la que de ninguna manera odian sino que pasan de ella con la más absoluta indiferencia. "Les juro que hay un momento. Certero, preciso, en el que eso sucede. No sé. Creo que comprobé esa teoría con Hernán. Por supuesto, ahora creo que lo aprendí justo cuando se fue”, dijo Laurita. Pensé que podía decir, yo estaba ahí para contar otra cosa. “No, no es odio. No hay un momento en el que te odian. Uno se va. Ellos, nosotras”, dijo Silvia. Hizo una pausa y, como si se tratase de un intento por acercarnos a una sesión de autoayuda, añadió: "Igual creó que los hombres siempre vuelven. Aunque lo hagan borrachos". Las dos se rieron. "Me voy a vivir a Nueva York, prometo preguntarle a Hernán qué es lo que pasó". Me miraron. No dije nada más. Siempre fui una mujer un poco fría.
Sí, ya sé que es eso lo que pensaron.
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