Monday, 8 October 2007

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Mi madre nunca me enseñó a poner la casa en orden y, si bien en un galpón nada puede ser tan grave, mi madre nunca me lo enseñó. Laura entra como el hada madrina de los cuentos, vestida casi de escarpines y felicidad en la boca. No puede creer que vivamos así, tirados en el piso, despatarrados y sin hijos. Laura siempre fue mujer de escobas llevar, le encanta la casa y la pesca y a mí mi madre jamás me enseñó cómo se ordena una casa y mucho menos a planchar camisas ni a tender pañales. Serguei usa solo mamelucos, guarda los caramelos recién chupados en el interior, me mira esperando que se lo festeje y los pega como gorgojos transparentes de aspecto rojizo en la tela.
Laura, mirás espantada con tu vestidito de tules celestes. Por este par de años de no vernos pareciera que los cuadernos Rivadavia tapa roja, para comunicaciones y tapa verde de no sé qué se te hubiesen congelado en los brazos. La ciudad te parece extraña, casi inhóspita, sin colores de postal ni secuencias en cámara lenta. Tal vez esperabas que Sinatra estuviese en el aeropuerto a punto cantar o que los árboles del Central Park te tocasen con las ramas cuando no hacía ni un minuto que habías apoyado tu pie de princesa en territorio sin churrasco.
Nada puedo decirte, ni explicarte; Serguei está rapado porque le gusta, tiene bigotes de manubrio porque se cree Dalí y yo no hago gala porque no se me da la gana. Nos conocimos a presión de olla con puchero que trajo Hernán, casi a la fuerza que da la impronta de un encuentro planeado por otro y vos, con los años, mejoraste la puntería y la necesidad de encontrarte con respuestas para todo. Como mi madre.
Hace 3 años.
Es ruso
Habla italiano porque vivió en la tierra de Leonardo cuando estudiaba pintura.
La galería es de él.
Me alegra que te guste el Soho.

Abrís mis telegramas y yo odio las reuniones de mujeres; tengo que admitir que pasar revista en el espacio femenino exacerba mi costado más huraño. Salir del confín de la tierra que nos conoció de mismo banco debe haber sido un gran golpe para vos que planeas las compras del supermercado con una anticipación morbosa de hasta dos semanas. Hablás. Preguntás. Soliloquio puro pero sin la señorita García de tercer grado para frenarte; si me levanto y te dejo, con toda seguridad no te vas a dar por enterada. De todos modos me alegra tu llegada cara conocida.

Salir y entrar de hombres tan activos. Serguei debe estar volviendo loco a tu de-profesión-contador, natural de Ramos Mejía, conocido en una discoteca. Le habla y lo revolea entre lienzos. Menos mal que existe él porque yo inicié mi camino de muda desde hace un par de otoños y gracias a él pude mantenerlo. Me inquieta tu insistencia con el país que según vos se recupera. Laurita, ¿estás segura de que me traés mis raíces? Yo las tengo bien guardadas en el vitrinero sin escudo pero con bombilla para que me miren de tanto en tanto. Sólo Hernán puede salvarme y como si lo supiera aparece diáfano por la única entrada posible; se cuelga del techo en un abrazo de mosca. Y se cree tu verso de la tierra frondosa con brazos para todos. El es un melancólico que se conmueve ante el primer llamado de la patria semillero del mundo -que aunque se haya ahogado con Perón el muy tontito cree que sigue existiendo- y casi llora de verte la impronta argentina. La cabeza raspando los aires con un abrazo homicida que te levanta con el tutú a punto de estallar, Laurita con pudores de ‘señorita no se restriegue contra el pecho de su amor de adolescencia’. Dura poco y te das cuenta cuando Hernán logra apoyar tus pies en el piso. Tu contador de ábaco y vos algo excitada contra el pubis de Hernán que ya te baja arrastrada como en Romeo y Julieta. Diamantina. El seguramente va a proponer una salida de borrachos que van cantando Aurora fuera de contexto. Los tres por los ¿buenos? viejos tiempos. En realidad, va a querer quitarte la pátina de pico dulce y moñito de seda, para bajarte la guardia y el vestidito con una pequeña ayuda. De puro castor viscoso y alternador que es. Los miro. Los traspaso en el tiempo para que aparezcan en el patio de tu casa y para que no se olviden de que los conozco bien, te digo que sé que está tramando el amigo argento. Sabe que no tiene nada que perder y, dejáme que piense más allá de lo que me corresponde, pero si cuidás las apariencias, seguramente vos tampoco.

Serguei dejó a tu contador tirado en algún rincón y viene a salvarme. Nada podía ser tan inocente de mi parte: basta una mirada de su amigo ardilla para que, con aires de quien no puede evitar lo inevitable, me pida que a la vuelta traiga vino y que al menos me guarde un espacio estomacal para tomarlo. Sus ojos negros me miran desde la calvicie prado de mi vida. Su amor supo encontrar mis entrañas. Desvariado pinta.

Son las seis, contador a la bolsa de boca de lobo de un hotel de 5 estrellas y nosotros, compañeros de la escuela bonaerense, salimos disparados a los últimos bares que ya cierran. Con el rato puedo sentenciar: los triángulos funcionan con terceros excluidos. Gótica que, por ventaja para tus pudores, anochece temprano. Te tomás el cuarto vaso de Chiantti y Hernán ya se relame. Hermano expatriate, vas a cumplir el sueño del pibe en las escalinatas de Saint Patrick. Sos un hereje, si te meten preso no me llames. Luna lunera cascabelera, me voy sin decirles nada... obviamente ya le habías comenzado a besar las piernas y Laura daba de grititos. Mi galpón galería está a pocas cuadras. La licorería de Broadway y la 20 está abierta, todo me queda a pie. Me voy sacando la ropa por el pasillo mientras me llega con volumen. Tosca, muy fuerte. Plácido. Domingo. Dalí de rojo. ¿Es que estás inspirado?

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