Thursday, 18 October 2007

7

Ellos se pavoneaban hacia afuera, se inquietaban. Hasta que apareciste vos. De callado, de accionador de perillas cuando se corría el telón. Y yo te amé desde mi silencio al tuyo, de repente. Hacer y ser. Polvo volátil. Esperar el segundo entreacto para escaparme a tus brazos.

- 500 dólares por mes, pago del 1 al 5. No aceptamos animales domésticos ni música a altas horas de la noche.

Filguer se esfumó en el aire. Sus condiciones me resultaron extrañas. Ruidos. ¿De quién? Yo iba a ese lugar a estar sola.

Te sentaste en el piso con la mirada clavada en el techo que ya para estar a la altura de los acontecimientos precarios parecía estar hecho de paja. Con sólo diez minutos de estadía, se oyó el timbre. El señor Filguer me traía un recibo. Parado en la puerta mironeaba mientras hacia un ritmo sincopado con sus botas y los ojos grandes como un estadio de fútbol. Asentí y antes de que pudiese decir alguna frase, le cerré la puerta y volvi. Era un lugar sin muebles, tenía una vela clavada en una botella de vino portugues redondita y regordeta. El color del fuego era lento. Rojo y azul. Me miraste desde un ángulo inusual. Nos reímos.
Nos reímos.
Nos.
Tus besos con sabor a estufa con pantalla de gas me acariciaron. Apareció un vals chiquito sonando por lo bajo y a lo lejos. Nos quedamos desnudos en el piso. Pensé en taparte. Me dejaste abrazarte.

Contraparte.

Serguei: me impresionaba su imagen desesperada llamandome de tanto en tanto ¿Iba a explotar desde el centro como un tifón ¿O se callaría?

Eso sería más tarde, ahora me doy vuelta en el piso, te abrazo y siento, mi querido César, que estar con vos es como volver al río. Que se mueve, me moja, me salpica, me acuna y me lleva mientras yo me río. Río.

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