Sunday, 28 October 2007

13

¿Cómo empieza un amor? ¿Se sabe cuándo? Eso pensaba yo en los días en que Serguei me pedía que lo visitara en su taller al norte de la calle Houston. Yo llegaba presta, aún adaptandome a la ciudad, con poco que hacer; con una canasta de mimbre con comida, algunas frutas. Me sentaba en uno de los tachos de pintura que, ya vacío, hacía de improvisada silla. La música a todo volumen, y el cosaco pintando. Me gustaba mirarlo por horas. Casi no hablábamos. El pintando, yo mirando. Cada tanto, se levantaba a limpiar algún pincel o a otear el enorme lienzo desde lejos y me pasaba cerca. Con la mano me tocaba la cabeza o me sonreía. Yo lo seguía mirando con los ojos más redondos que nunca.

- Pareces una muñeca oriental -,me dijo un día.

No sabía si lo decía por lo redondo de mis ojos fijos y oscuros o por la sumisión con la que lo visitaba. Pero tampoco le dije nada. Sonreí, me dejé tocar otra vez. Y vuelta a sentarse de espaldas a mi, vuelta a girar la cabeza y sonreirme. Y vuelta.

Era tan tierno en ese cuerpo gigante. Tan cautivador, tan cálido. Yo me preguntaba cada diez minutos si ahi estaba el amor, si el amor estaba comenzando. Cuando dejé de preguntármelo comencé a mover el tacho de pintura cada vez más cerca suyo hasta llegar a sentarme detrás de su espalda desnuda.

Me dieron ganas de olerlo.
Sin camisa.
En verano. Tenía un olor fuerte y rancio. Mezcla del aguarrás y el sudor. El no hizo nada pero me dejó hacer. La mezcla del olor era rara pero el tacto lo mejoró con creces, le pasé las manos por la panza, por el pecho (ni tuvo ni un sólo atisbo de modificar la forma ni los músculos). Finalmente apoyé la cabeza en su espalda y me quedé ahí, con las manos alrededor de su cintura, cayendo casi entre sus piernas. Y cuando estaba recostada fue cuando me agarró una mano y me puso el pincel entre los dedos. Muy firme me guió hasta el lienzo y me dejó darle el último toque a un cuadro que al día siguiente venían a buscar para su nueva muestra. Era un pincel grueso y lo movió con mi mano de abajo hacia arriba por casi un metro (con la otra mano me tenía que sostener como un Koala sobre su espalda). Fue un trazo azul eléctrico. Extenso. Intenso. Al llegar al borde del bastidor, me bajó hasta apoyar mis pies en el piso. Recién entonces se dió la vuelta y me miró. Me quitó el pelo de la cara. Y me acostó en el piso. Podría decirse que ese es el recuerdo que tengo de que nuestro amor había empezado. En ese momento dejé de preguntármelo y me lo dije en voz baja a mi misma. El diría, tiempo después, que el comienzo fue mucho antes. Pero eso es tema de otro recuerdo.

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