Tuesday, 2 October 2007

1

Tengo una inquietud de marzo. César. Siento que es patético: yo, esperando en la oscuridad, fumando y sin dejar de pensar que me estoy convirtiendo en una mediocre por armar la escena del “final que tiene que ser final de una vez por todas”.
Son casi las diez; sé que para César la hora siempre fue una ridícula invención pero nunca llegué a acostumbrarme. Y hoy pienso lo mismo que pensaba entonces.
Tampoco nunca voy a poder olvidarme de la primera vez que apareció detrás de la puerta. Traía el ceño fruncido por el calor. Era marzo, 1997. Esta ciudad puede arquear varias cejas. Sí, Nueva York puede ser muy calurosa.
César era un recién llegado europeo y miraba todo con ojos sobradores; andaba con los brazos quietos, el bolso pesado colgado del hombro, el pie plano pegado en cada centímetro al piso.
Creo que me enamoró por llegar tarde, cuando menos se suponía que debía hacerlo. No es una de las peores paradojas de estos momentos. Aquella vez me dijo “linda” y algo más. Nunca supe cómo terminó la frase. ¿Debería decir que nunca me importó? Con el tiempo sólo hubo sillones y café. Vino el viento, nos tiramos en el parque y compramos unos libros en Rizzoli. Durante meses no hicimos más que dejar frases a medio hacer. Pero no hay forma, nada vuelve a fuerza de recordar.
Abro la alacena de la cocina, revuelvo entre papeles de diarios viejos y algunos pedazos de vajilla rota pero acá no hay nada. En ninguno de los cuatro cajones hay algo que me sirva para encender el sexto cigarrillo y para colmo, en el fondo del quinto cajón, tirado al olvido aparece un ridículo traje de baño de goma que alguna vez fue de César y que también le regalé yo. César decía que el traje de goma negra, el “bañador de hule”, como le decía él, era un boomerang, un objeto de esos que uno saca del medio y vuelven a aparecer solos. Ahora soy yo la que tiene que cargar con su extraña predicción.
Debe estar perdido en el subte. No llega, no hay fósforos y algo gotea. La famosa canilla del baño que jamás arreglamos. Lo espero.
Me hago trencitas en el pelo, me quedan algunos mechones, las termino y las deshago. Me peino frente al vidrio que refleja poco. Siento algo de espanto, algo suyo y seguramente también mío.
Me vuelvo a asomar a la ventana. Debería escaparme, sentir que ya no vale la pena decir nada. Debería dejar de pensar, no esperarlo.
--Es como si odiases llegar al final de la obra. Aunque sea por esta vez quedate ---reclamó César ayer por teléfono.
Odio interrumpir a la memoria pero César, con su sentido impúdico de la inoportunidad, abre la puerta. Llegó. No dice nada.
El cigarrillo sin prender voló de mi dedo para aterrizar cerca del zócalo y ahí me quedé yo también con la mirada clavada. ¿Se supone que a partir de ahora hay un final?
Está quieto, inmóvil. Anda desafiándome. Lo conozco. No quiere que me pierda la escena de su aparición. “No quiero jugar a ver quién aguanta más o a que se me llenen los ojos de lágrimas por no querer pestañear y dar el brazo a torcer”, pienso todo junto y casi sin respirar pero no digo nada.
Levanto los ojos y lo veo contra el marco de la puerta de entrada, la puerta de par en par, abierta. El pelo a medio atar, sucio de días, la camisa hecha jirones llena de birome y los ojos tan celestes que dan ganas de volárselos por el aire para que por una maldita vez parpadee al verme. El sigue parado en el hall de entrada y creo que el único consejo que puedo darle es: “ahora no esperes que sea yo la que hable”. Pero no digo nada, tampoco sé si lo pienso.
Hernán diría que estoy loca, que cada vez que lo veo vuelvo a cambiar de idea, que somos dos desgraciados, que todo es altamente imposible. Nunca tengo respuestas. No sé qué decirle a nadie, no encuentro el minuto exacto en el que él-demonio, logra borrar todos los cargos para pasar a ser simplemente “un tonto”.
“¿Pensás quedarte parado ahí?”, pienso sin abrir la boca. Sabe lo que pienso.
El pelo a medio atar.
La camisa arrugada, medio abierta.
El saco de lana en la mano derecha, apretado contra las grietas de su mano siempre calentita. Algo rústica.
Se le cae el saco de la mano. Sigue ahí parado y marzo se me va de la sangre y es abril que para Eliot era el mes más cruel pero para mi pasa a ser un estado espléndido de desesperada incertidumbre.
En este momento correría estos pocos metros que nos separan para besarle el pasado y las angustias que le pesan en la cara, en la boca. ¿Cómo es posible que vuelva a creer?
Me mira y de repente creo que lo único que falta es que pregunte: ¿Existe alguna forma, por más remota que sea, de salvar lo nuestro?, pero Almodovar estuvo por ponerle ese nombre a una película y a él todo lo que sea español, salvando a sus amigos, le importa poco y le parece “hortera”.
Pone una mueca ¿Cuánto habrá pasado desde que llegó? Sin cigarrillos no sé medir el tiempo pero sé que hace meses que no poníamos nuestros pares de pies sobre el piso de laja de este departamento que la señora Filguer se encargó de recalcarnos desde el primer día que no era nuestro en especial cada vez que venía a cobrar el alquiler.
Ahí parado, con sus labios que no dicen nada, ya me está desafiando. César, paladín de toda injusticia, justo cuando el mundo se me está volviendo justo, vos solamente pensás en salvarme.
“Aunque vos te saques la memoria como un kamikaze, tenés que recordar que tu error es pensar que el eterno retorno es posible por pura repetición”. Jamás podría decirle todo eso. Se reiría a carcajadas y más que nunca creería que estoy intentando enamorarme. Que la frase es demasiado larga y que estoy pensando mucho. Me mira como si hubiese dicho lo-que-no-dije-para-que-no-piense.
Si esto no fuese un tercer piso diría que el subterráneo está pasando por debajo de nuestros pies. Como parte de una pésima combinación sé que va a hacerlo.
- Extraño estas paredes -, balbucea.
Lo hizo. Es peligroso. Yo ya sueño con que en los próximos diez segundos me invite a bailar en el centro del cuarto para decirme que soy increíble; que me extraña, que hasta la comida tiene otro gusto cuando come solo. Pero sólo repitió: “Extraño las paredes”.
Pensé en contestarle que podría construírselas en medio de la nada, que eran ordinarias, comunes y encima blancas, pero extrañar se confunde con perder. Mejor no digo nada.
El me sigue. Tengo la sensación de que es tarde. No quiero pensar más. Me agarra de los hombros. De espaldas. Creo que pasó un buen rato, la obra de “los desencajados que desde hace un par de horas no dejan de mirarse” duró demasido. ¿Será que nos estaremos deseando un par de cosas? El tiempo parece estar probando nuestro temple. Siento que lo quiero, que estoy a punto de creer. Y por eso abro la boca.
- Acá ya no queda nada. Ni siquiera algo para hacer café.

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