Monday, 22 October 2007

12

A cajón cerrado como mi garganta lacerada. Sin vista de rayos X en un velorio donde los pelos son míos. La calle llena de gente y cinco gatos locos alrededor de esta tumba. Cosaquito, te arrancaste el pulso. Pienso.
Hernán traía café, pañuelos, cera caliente y así, otra escena conocida transcurría pero esta vez, la maravillosa mujer era yo.
Pienso en la serenata que no terminamos. Una silla quedó revolviendo el aire del lugar donde pintabas. Las manos gruesas de escarbar la tierra y yo que no pude liberar el estigma de ser Bernarda. Ya no beata.

Mi padre era el único hombre de este mundo que contaba hasta diez sin sacar la vista de la casa. Llegaba a besar hasta los muebles y se quedaba sonriendo. Mi hermano Juan había salido acústico. Enredado entre espigas quedó el pobrecito sin enamorarse siquiera de su profesor de canto. Fueron los consejos de mi madre los que hicieron de su vida un serruchador de posibles actos. Hacía esfuerzos por trabarse, entrar, y sus amigos se le escapaban. Y mi madre los volvía a llevar al club y como un tentempié Juancito sudaba de espaldas.
Huyendo del follón, cohete de plastilina.
Juan sin tierra también empezó a quedar varado por el espacio extraterreno. Ya no había padre que consumara el odio y Juan cargaba con la tregua. Y así quedaron, mi madre y Juan, unidos por el filo de una navaja bastante descolorida y oxidada. El primogénito de una familia que escapó de la tierra para meterse como oruga, salir a ver si llueve, volver a comer naranjas y escuchar la risa de mi viejo.
- Decí algo, nena.
Y fue entonces cuando conocí que el mundo pedía demasiado a mi tozudez de ser sirena que no suena pero gorgotea. Un padre muerto. Eran tres los féretros colgando del brazo de unos parientes que bien podrían haber pertenecido a cualquier tipo de escena de una película de la mafia. Con letras doradas casi de escritura cuneiforme iba el ataúd de mi padre, detrás el otro y uno más. Juan y Bernarda, muertos el mismo día con tal de no quedar a la buena de mi madre. Ella era mujer de velorios no ir. No fue. Juan y yo. Quedamos mudos, silenciosos de llorar a rajatablas, de gritarle al cielo que era una vergüenza. Ella se pintaba las uñas, el pelo, la máscara. El arquetipo perfecto de la crueldad sin el insignificante gesto que pudiese sobrevivirla.

Con costumbres diferentes tengo que sobrellevar un velorio, aquí. Es domingo y yo, Sergei que te miro a través de la madera, te busco. Quisiera ponerte una ópera para ver cómo te las arreglás para no salir vivo de allí dentro. Hay un previsible silencio y no sé cómo pero ya empiezo a recordarte. Y ya no quiero ser más La Callas.

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