Wednesday, 10 October 2007

4

Filguer recibe el dinero con dedos de pulpo. Tiene cara de mujer brava. No sé porque pero quería tener mi propio espacio y decidí alquilarle este piso en pleno centro de Williamsburgh. Calles casi vacías. Restaurantes polacos. Entre una lamada y otra llegué y César estaba en la puerta. Tenía la barba de varios días. Sentado en el piso, escribia con una piedra como cuando de chica jugaba a la rayuela.
- ¿Cómo sabías que vendría a este lugar?
- Porque te sigo. Desde que te conocí te sigo.
La barba de varios días. Cara de tuna. Escribís en el piso como si me reprochases que nunca te conseguí una mesa. Un último acto directo a la basura, comprimido, hecho un bollito.
- ¿Necesitas algo?
- Follarte
Me quedo helada pero lo hago pasar. Entre los dos no hacemos ruido y la música a duras penas se oye. ¿Estaremos como ciegos que entran en esa zona donde ya no hay culpas ni reproches?
Me olvido de preguntar y me dedico a reír con el mismo único estruendo que saqué de cuando todavía duraba tu fiesta de bienvenida. "Sería arcaico decirlo pero creo que sos endemoniada y bella...", dijiste. Hernán por suerte apareció y te callaste.

- Cómo no vas a tener algo de arcaico si vagas por el viejo mundo que ni aunque lo tiren a la basura y le pongan un pibe de 10 años todo tullido a velar por sus buenos restos va a dejar de serlo.

Yo hasta ese momento era Bernarda beata, casi santa. Y vos tuviste que cerrar en infierno del Dante una noche de estropajos sociales, vueltas y reencuentros. Carajo (pienso con todas las letras mientras lo miro. Nunca nadie me dijo tan claro -¿Que necesitas? -Follarte. Me tiemblan las piernas).

Esa noche los vi sentados en la cocina en una maravillosa cita de jocosos. Serguei, altisonante y César era como un apenas móvil Pinocchio de madera terciada que no paraba de traducir al idioma de los sordos cada una de sus palabras. De a poco sacaba un par de frases apenas audibles. "Ni se te ocurra alabar mi palidez", pensé después del piropo arcaico. Y creo que lo llamé. "Parece tan fuerte y frágil y firme y de a ratos etérea... me da envidia", le dijo.
Serguei lo interrumpió con su vozarrón de relleno.
- Desde hace tres enormes, amplios, verdes, rojos... años
- ¿Cuánto? Imposible.
- Sí. El secreto es simple: sólo tenés que dejarla ser, cosa que a mí no me cuesta porque la necesito así, musa inspiradora.
Serguei, altisonante y belicoso me guiñó el ojo. César parecía ya una araña que teje. Su silencio me irritaba de atenciónen mi papel de espía del momento. Entre tanta gente que lo recibía era casi imposible que nos encontrásemos, pero me enredé por saber cómo buscar la vuelta para besar la cola del perro que se movía a contrapelo con dos ojos semi-abiertos como almejas.
Me abrí paso en un pasillo.
Nos seguimos de reojo.
Sentí que me sacudía la placidez, la palidez.
Que tonta, pensé que no sería nada. Pensé que era como meterme en Vietnam y salir con simples astillas clavadas en el muslo.
Mareada. Sentí la fuerza de la escencia que gritaba que si algo no existe es porque probablemente otra cosa lo está frenando de ser.
Tardaba en salir del baño y yo esperaba.
Finalmente no soporté la espera y me metí.
Un simple baño con espejo con su cara de italiano malquerido. Me agarro del cuello y me froto con sus manos hasta llegar a mis rodillas. Como quien calienta un cuerpo a punto de morir, como quien le quiere dar sangre. César repite algo de arcaico y bello. Y dice más cosas. No llego a escuchar la palabra final. Mi circulación tiene olor a crema para manos y sus ojos celestes son enormes. Somos dos que no dicen. Queda el espejo que deforma y multiplica los pocos ruidos que hacemos en el silencio puro de mirarse al espejo. Welcome party en la que estás tan mudo como yo, aunque seas el protagonista principal. Manos que a fuerza de ser ásperas me llevo algo culposa a mi galpón ya habitado. Me voy, te vas. Sergei festeja su amistad. Vos y yo nos jodimos al mundo aún sin hacer nada. Tus manos aún frotan mis piernas, nunca imaginé que un acto tan ridículo y simple podría ser tan perturbador. No tengo respuestas. Cuando ya es tarde, Serguei me pone un poncho para volver a nuestra casa. Y me lleva en andas cantando Torna Sorrento. A viva voce.

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