Como si supiese todo, Hernán pasó dos semanas sin hablarme. Me miraba con el entrecejo fruncido y seguía enfrascado en su paleta.
Hasta que habló, después de mi.
- Estás loca -,dijo y tiró el pincel al balde- Del mismo modo en que nadie puede vivir en dos lugares a la vez. Así, vos, te volviste loca.
Discutir cordura y sensatez con Hernán podía ser la tarea más titánica alguna vez imaginada. Me limité a mirarlo socarrona que recuerda cuantas veces le cerré una puerta para que se escapase por el balcón de los Capuleto. Porque él era un Romeo y yo casi su nana. Estaba furioso como cuando alguien siente que la cuidadosa estrategia se le cae de la mesa.
- Me quedo acá, en la repisa que vos me compraste, cambio de color según el tiempo, ¿espero y soy feliz? ¿Debería haber sido así?
Suponías que debería haber funcionado, pero no.
Implacable.
Me faltaba el color en las mejillas y me quisiste arreglar con unos toques de óleo calcáreo. Claro, total las costras se abren en una piel que es mía.
- ¿No vas a hacer nada? ¿Decir nada? -, repetía más de diez veces por segundo.
Mi cabeza se movía (sólo para hacer psinapsis).
No.
Cómo explicarle que así me sentía perfecta. En medio de un mundo rugoso y de otro liso. De una ópera muy fuerte y de un vals cantado con vocecita de niño.
Eran las cuatro, parecían más de las diez. Era febrero y Hernán decidió que era el tiempo que le prestaba la mejor oportunidad para jugar a ser Judas.
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