Llegué a la casa de Hernán arrastrando un bolso incómodo. Incómodo incluso para él que me veía cargarlo peldaño sobre peldaño con las ruedas pegando contra el piso. Yo iba mirando hacia arriba, él sonriendo y ya saludando a un piso de llegar. Hacía unos dos años que no nos veíamos pero, aunque nadie lo hubiese podido adelantar, el abrazo fue de tiempo congelado. Ya dentro de la casa, y más tarde durante esa primera noche, el tiempo intermedio, ese tiempo en que Hernán y yo pasamos la vida en distintos lugares geográficos, parecía haberse ido del todo: éramos los mismos aunque no fuéramos los mismos.
- Bernarda.
- Bernardaaaaaa, un grito.
Me despertó.
Me llamaba desde su cuarto.
Al principio había incorporado su grito a mi sueño.
De la nada, como suele suceder en los sueños, él había aparecido en una ventana (estaba soñando algo en una calle de Buenos Aires). Una ventana y él gritando desde allí.
- Bernardaaaaa.
Me desperté y el que gritaba era él, desde el cuarto de al lado. Me levanté sin esfuerzo y sin saber tampoco qué era lo que quería. Arrastré los pies por el pasillo y llegué hasta la puerta del dormitorio.
- ¿Qué te pasa?, le dije desde el umbral.
- Tengo fiebre, creo. Estoy enfermo.
No sabía si hablaba en serio pero cuando entre al cuarto, oscuro, las ventanas cerradas, lo vi inmóvil, tirado con los ojos cerrados. Le puse la mano en la frente y luego le tomé la temperatura: tenía 39 grados.
- ¿Cuánto es lo normal?, preguntó asustado como un chico (los hombres parecen condenados a que les digan, en especial cuando están enfermos, que son como chicos, que actúan como chicos). Le dije que lo normal era 36,5, más o menos. Se asustó aún más. Le llevé un paño frío y cuando estaba por cerrar la puerta y disponerme a llamar al médico, él me agarró de la mano como si tratase de retenerme y, con voz de enfermo de gripe, de niño débil, me dijo casi en un susurro:
- ¿Ves? Serías una muy buena madre.
Me solté como pude y salí. Cerré la puerta detrás de mí y pensé que si la escena hubiese transcurrido en inglés mi línea sería, con la puerta cerrada a mis espaldas y en voz baja, algo como
- Give me a break
Eran las seis de la mañana y yo era una recién llegada.
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