Ese teléfono negro nunca me había gustado. Era un pájaro de mal aguero con diez ojos en hilera curva que se tomaban el tiempo para guiñar todos juntos. Ese día sonó con gritos. Una voz extraña que tardaba en inhalar las palabras preguntó por la señora Martinez Rampoldi, también aclaró "la señora de la casa". La señora de la casa hacía días que no aparecía, pero cómo explicárselo a alguien que parecía necesitar un pulmotor para hablar.
- Soy la hija -, dije miméticamente tan ahogada como el tipo que tenía intenciones de hablar del otro lado del hilo.
- Su padre, Marcos Martinez -, trago una bocanada muy grande y exhaló-, hubiese preferido... yo soy un compañero del Instituto y vengo del hospital... fui a visitarlo, porque yo de tanto en tanto iba a verlo, ¿sabe?...
Mientras el tipo me recitaba su decálogo de sin razones, Juancito entró pálido por la puerta de casa. Agarró el teléfono y lo cortó. Se tiró al piso, y empezó a secarse las lágrimas con mil pañuelos que sacaba de sus bolsillos interminables.
Dijo lo justo y yo sólo atiné a levantarlo para llevarlo al sillón. Cuando comprendí la escena, él comenzaba a secarse las mejillas y, como quien pasa la posta, tuvo que lidiar con mi cuerpo que no quiso saber nada del sillón y eligió el piso.
El llanto caía de mis poros porque los ojos nunca alcanzan para lavar un grandolor. Mi padre, era un alquimista algo desencajado.
No habría recuperación ni rehabilitación ni estado normal.
Ni para él ni para nosotros. A la buena de la ciencia le había dedicado su vida, al mundo su desesperación por salvarlo y, a nosotros, nos guardó un rincón en su palma calentita. Su mente desarmada no pudo lidiar con el fracaso y su cuerpo fue a parar al mismo hospital psiquiátrico que eligió para abrirse los brazos pero, esta vez, desde adentro. El teléfono sonaba una vez, otra, otra. Paraba y volvía a empezar. Hasta que mi madre entró por la puerta y dijo:
- A limpiarse los ojos. Su padre no estaba nada bien y tal vez la muerte lo haya calmado... pobre hombre... un loco. Si hasta eligió matarse como sólo lo hacen las mujeres... él muy infeliz se cortó las venas.
Hubo gritos, puertas secas que se golpeaban contra el marco y muchos suelos mojados. Dos con pocas posibilidades y una sacándose unos guantes de cuero y astracán.
Abrí la ventana y grité algo imposible de traducir.
La cerré.
Mi madre seguía hablando y yo, desde ese día, juré no volver a abrir la ventana. No quería escuchar mi voz nunca más. Y, por supuesto, mucho menos la de ella.
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