Llegué a la casa de Hernán arrastrando un bolso incómodo. Incómodo incluso para él que me veía cargarlo peldaño sobre peldaño con las ruedas pegando contra el piso. Yo iba mirando hacia arriba, él sonriendo y ya saludando a un piso de llegar. Hacía unos dos años que no nos veíamos pero, aunque nadie lo hubiese podido adelantar, el abrazo fue de tiempo congelado. Ya dentro de la casa, y más tarde durante esa primera noche, el tiempo intermedio, ese tiempo en que Hernán y yo pasamos la vida en distintos lugares geográficos, parecía haberse ido del todo: éramos los mismos aunque no fuéramos los mismos.
- Bernarda.
- Bernardaaaaaa, un grito.
Me despertó.
Me llamaba desde su cuarto.
Al principio había incorporado su grito a mi sueño.
De la nada, como suele suceder en los sueños, él había aparecido en una ventana (estaba soñando algo en una calle de Buenos Aires). Una ventana y él gritando desde allí.
- Bernardaaaaa.
Me desperté y el que gritaba era él, desde el cuarto de al lado. Me levanté sin esfuerzo y sin saber tampoco qué era lo que quería. Arrastré los pies por el pasillo y llegué hasta la puerta del dormitorio.
- ¿Qué te pasa?, le dije desde el umbral.
- Tengo fiebre, creo. Estoy enfermo.
No sabía si hablaba en serio pero cuando entre al cuarto, oscuro, las ventanas cerradas, lo vi inmóvil, tirado con los ojos cerrados. Le puse la mano en la frente y luego le tomé la temperatura: tenía 39 grados.
- ¿Cuánto es lo normal?, preguntó asustado como un chico (los hombres parecen condenados a que les digan, en especial cuando están enfermos, que son como chicos, que actúan como chicos). Le dije que lo normal era 36,5, más o menos. Se asustó aún más. Le llevé un paño frío y cuando estaba por cerrar la puerta y disponerme a llamar al médico, él me agarró de la mano como si tratase de retenerme y, con voz de enfermo de gripe, de niño débil, me dijo casi en un susurro:
- ¿Ves? Serías una muy buena madre.
Me solté como pude y salí. Cerré la puerta detrás de mí y pensé que si la escena hubiese transcurrido en inglés mi línea sería, con la puerta cerrada a mis espaldas y en voz baja, algo como
- Give me a break
Eran las seis de la mañana y yo era una recién llegada.
Wednesday, 31 October 2007
Sunday, 28 October 2007
14
“¿Cuándo es que un hombre empieza a odiarte?”, preguntó Laurita, ella siempre tomaba notas de los pesares ajenos para asegurarse de que, cuando estuviesen a punto de sucederle a ella, iba a estar alerta. En realidad, no sé si preguntó cómo era eso de que, de repente, sin avisos previos (o al menos sin que uno hubiese tomado nota), un hombre podía empezar a odiarte. O si dio por sentado que, no importa cómo sucedan las cosas, existe un riesgo importante de odiar al otro y quiso saber cómo era la cosa.
“Si es así es porque en realidad nunca te amó”, le aclaró Silvia, nuestra amiga en común y una chica siempre dispuesta a lanzar expresiones cursis. “Eso de la vía endeble entre el amor y el odio es una excusa”, dijo. Nada brillante y siguió comiéndose las uñas. Martes feriado por la tarde. Tres mujeres sentadas bajo la misma lámpara, como en fila india, en el piso de la casa de Silvia, la visitadora médica, la que siempre tiene novios aburridos a la que de ninguna manera odian sino que pasan de ella con la más absoluta indiferencia. "Les juro que hay un momento. Certero, preciso, en el que eso sucede. No sé. Creo que comprobé esa teoría con Hernán. Por supuesto, ahora creo que lo aprendí justo cuando se fue”, dijo Laurita. Pensé que podía decir, yo estaba ahí para contar otra cosa. “No, no es odio. No hay un momento en el que te odian. Uno se va. Ellos, nosotras”, dijo Silvia. Hizo una pausa y, como si se tratase de un intento por acercarnos a una sesión de autoayuda, añadió: "Igual creó que los hombres siempre vuelven. Aunque lo hagan borrachos". Las dos se rieron. "Me voy a vivir a Nueva York, prometo preguntarle a Hernán qué es lo que pasó". Me miraron. No dije nada más. Siempre fui una mujer un poco fría.
Sí, ya sé que es eso lo que pensaron.
“Si es así es porque en realidad nunca te amó”, le aclaró Silvia, nuestra amiga en común y una chica siempre dispuesta a lanzar expresiones cursis. “Eso de la vía endeble entre el amor y el odio es una excusa”, dijo. Nada brillante y siguió comiéndose las uñas. Martes feriado por la tarde. Tres mujeres sentadas bajo la misma lámpara, como en fila india, en el piso de la casa de Silvia, la visitadora médica, la que siempre tiene novios aburridos a la que de ninguna manera odian sino que pasan de ella con la más absoluta indiferencia. "Les juro que hay un momento. Certero, preciso, en el que eso sucede. No sé. Creo que comprobé esa teoría con Hernán. Por supuesto, ahora creo que lo aprendí justo cuando se fue”, dijo Laurita. Pensé que podía decir, yo estaba ahí para contar otra cosa. “No, no es odio. No hay un momento en el que te odian. Uno se va. Ellos, nosotras”, dijo Silvia. Hizo una pausa y, como si se tratase de un intento por acercarnos a una sesión de autoayuda, añadió: "Igual creó que los hombres siempre vuelven. Aunque lo hagan borrachos". Las dos se rieron. "Me voy a vivir a Nueva York, prometo preguntarle a Hernán qué es lo que pasó". Me miraron. No dije nada más. Siempre fui una mujer un poco fría.
Sí, ya sé que es eso lo que pensaron.
13
¿Cómo empieza un amor? ¿Se sabe cuándo? Eso pensaba yo en los días en que Serguei me pedía que lo visitara en su taller al norte de la calle Houston. Yo llegaba presta, aún adaptandome a la ciudad, con poco que hacer; con una canasta de mimbre con comida, algunas frutas. Me sentaba en uno de los tachos de pintura que, ya vacío, hacía de improvisada silla. La música a todo volumen, y el cosaco pintando. Me gustaba mirarlo por horas. Casi no hablábamos. El pintando, yo mirando. Cada tanto, se levantaba a limpiar algún pincel o a otear el enorme lienzo desde lejos y me pasaba cerca. Con la mano me tocaba la cabeza o me sonreía. Yo lo seguía mirando con los ojos más redondos que nunca.
- Pareces una muñeca oriental -,me dijo un día.
No sabía si lo decía por lo redondo de mis ojos fijos y oscuros o por la sumisión con la que lo visitaba. Pero tampoco le dije nada. Sonreí, me dejé tocar otra vez. Y vuelta a sentarse de espaldas a mi, vuelta a girar la cabeza y sonreirme. Y vuelta.
Era tan tierno en ese cuerpo gigante. Tan cautivador, tan cálido. Yo me preguntaba cada diez minutos si ahi estaba el amor, si el amor estaba comenzando. Cuando dejé de preguntármelo comencé a mover el tacho de pintura cada vez más cerca suyo hasta llegar a sentarme detrás de su espalda desnuda.
Me dieron ganas de olerlo.
Sin camisa.
En verano. Tenía un olor fuerte y rancio. Mezcla del aguarrás y el sudor. El no hizo nada pero me dejó hacer. La mezcla del olor era rara pero el tacto lo mejoró con creces, le pasé las manos por la panza, por el pecho (ni tuvo ni un sólo atisbo de modificar la forma ni los músculos). Finalmente apoyé la cabeza en su espalda y me quedé ahí, con las manos alrededor de su cintura, cayendo casi entre sus piernas. Y cuando estaba recostada fue cuando me agarró una mano y me puso el pincel entre los dedos. Muy firme me guió hasta el lienzo y me dejó darle el último toque a un cuadro que al día siguiente venían a buscar para su nueva muestra. Era un pincel grueso y lo movió con mi mano de abajo hacia arriba por casi un metro (con la otra mano me tenía que sostener como un Koala sobre su espalda). Fue un trazo azul eléctrico. Extenso. Intenso. Al llegar al borde del bastidor, me bajó hasta apoyar mis pies en el piso. Recién entonces se dió la vuelta y me miró. Me quitó el pelo de la cara. Y me acostó en el piso. Podría decirse que ese es el recuerdo que tengo de que nuestro amor había empezado. En ese momento dejé de preguntármelo y me lo dije en voz baja a mi misma. El diría, tiempo después, que el comienzo fue mucho antes. Pero eso es tema de otro recuerdo.
- Pareces una muñeca oriental -,me dijo un día.
No sabía si lo decía por lo redondo de mis ojos fijos y oscuros o por la sumisión con la que lo visitaba. Pero tampoco le dije nada. Sonreí, me dejé tocar otra vez. Y vuelta a sentarse de espaldas a mi, vuelta a girar la cabeza y sonreirme. Y vuelta.
Era tan tierno en ese cuerpo gigante. Tan cautivador, tan cálido. Yo me preguntaba cada diez minutos si ahi estaba el amor, si el amor estaba comenzando. Cuando dejé de preguntármelo comencé a mover el tacho de pintura cada vez más cerca suyo hasta llegar a sentarme detrás de su espalda desnuda.
Me dieron ganas de olerlo.
Sin camisa.
En verano. Tenía un olor fuerte y rancio. Mezcla del aguarrás y el sudor. El no hizo nada pero me dejó hacer. La mezcla del olor era rara pero el tacto lo mejoró con creces, le pasé las manos por la panza, por el pecho (ni tuvo ni un sólo atisbo de modificar la forma ni los músculos). Finalmente apoyé la cabeza en su espalda y me quedé ahí, con las manos alrededor de su cintura, cayendo casi entre sus piernas. Y cuando estaba recostada fue cuando me agarró una mano y me puso el pincel entre los dedos. Muy firme me guió hasta el lienzo y me dejó darle el último toque a un cuadro que al día siguiente venían a buscar para su nueva muestra. Era un pincel grueso y lo movió con mi mano de abajo hacia arriba por casi un metro (con la otra mano me tenía que sostener como un Koala sobre su espalda). Fue un trazo azul eléctrico. Extenso. Intenso. Al llegar al borde del bastidor, me bajó hasta apoyar mis pies en el piso. Recién entonces se dió la vuelta y me miró. Me quitó el pelo de la cara. Y me acostó en el piso. Podría decirse que ese es el recuerdo que tengo de que nuestro amor había empezado. En ese momento dejé de preguntármelo y me lo dije en voz baja a mi misma. El diría, tiempo después, que el comienzo fue mucho antes. Pero eso es tema de otro recuerdo.
Monday, 22 October 2007
12
A cajón cerrado como mi garganta lacerada. Sin vista de rayos X en un velorio donde los pelos son míos. La calle llena de gente y cinco gatos locos alrededor de esta tumba. Cosaquito, te arrancaste el pulso. Pienso.
Hernán traía café, pañuelos, cera caliente y así, otra escena conocida transcurría pero esta vez, la maravillosa mujer era yo.
Pienso en la serenata que no terminamos. Una silla quedó revolviendo el aire del lugar donde pintabas. Las manos gruesas de escarbar la tierra y yo que no pude liberar el estigma de ser Bernarda. Ya no beata.
Mi padre era el único hombre de este mundo que contaba hasta diez sin sacar la vista de la casa. Llegaba a besar hasta los muebles y se quedaba sonriendo. Mi hermano Juan había salido acústico. Enredado entre espigas quedó el pobrecito sin enamorarse siquiera de su profesor de canto. Fueron los consejos de mi madre los que hicieron de su vida un serruchador de posibles actos. Hacía esfuerzos por trabarse, entrar, y sus amigos se le escapaban. Y mi madre los volvía a llevar al club y como un tentempié Juancito sudaba de espaldas.
Huyendo del follón, cohete de plastilina.
Juan sin tierra también empezó a quedar varado por el espacio extraterreno. Ya no había padre que consumara el odio y Juan cargaba con la tregua. Y así quedaron, mi madre y Juan, unidos por el filo de una navaja bastante descolorida y oxidada. El primogénito de una familia que escapó de la tierra para meterse como oruga, salir a ver si llueve, volver a comer naranjas y escuchar la risa de mi viejo.
- Decí algo, nena.
Y fue entonces cuando conocí que el mundo pedía demasiado a mi tozudez de ser sirena que no suena pero gorgotea. Un padre muerto. Eran tres los féretros colgando del brazo de unos parientes que bien podrían haber pertenecido a cualquier tipo de escena de una película de la mafia. Con letras doradas casi de escritura cuneiforme iba el ataúd de mi padre, detrás el otro y uno más. Juan y Bernarda, muertos el mismo día con tal de no quedar a la buena de mi madre. Ella era mujer de velorios no ir. No fue. Juan y yo. Quedamos mudos, silenciosos de llorar a rajatablas, de gritarle al cielo que era una vergüenza. Ella se pintaba las uñas, el pelo, la máscara. El arquetipo perfecto de la crueldad sin el insignificante gesto que pudiese sobrevivirla.
Con costumbres diferentes tengo que sobrellevar un velorio, aquí. Es domingo y yo, Sergei que te miro a través de la madera, te busco. Quisiera ponerte una ópera para ver cómo te las arreglás para no salir vivo de allí dentro. Hay un previsible silencio y no sé cómo pero ya empiezo a recordarte. Y ya no quiero ser más La Callas.
Hernán traía café, pañuelos, cera caliente y así, otra escena conocida transcurría pero esta vez, la maravillosa mujer era yo.
Pienso en la serenata que no terminamos. Una silla quedó revolviendo el aire del lugar donde pintabas. Las manos gruesas de escarbar la tierra y yo que no pude liberar el estigma de ser Bernarda. Ya no beata.
Mi padre era el único hombre de este mundo que contaba hasta diez sin sacar la vista de la casa. Llegaba a besar hasta los muebles y se quedaba sonriendo. Mi hermano Juan había salido acústico. Enredado entre espigas quedó el pobrecito sin enamorarse siquiera de su profesor de canto. Fueron los consejos de mi madre los que hicieron de su vida un serruchador de posibles actos. Hacía esfuerzos por trabarse, entrar, y sus amigos se le escapaban. Y mi madre los volvía a llevar al club y como un tentempié Juancito sudaba de espaldas.
Huyendo del follón, cohete de plastilina.
Juan sin tierra también empezó a quedar varado por el espacio extraterreno. Ya no había padre que consumara el odio y Juan cargaba con la tregua. Y así quedaron, mi madre y Juan, unidos por el filo de una navaja bastante descolorida y oxidada. El primogénito de una familia que escapó de la tierra para meterse como oruga, salir a ver si llueve, volver a comer naranjas y escuchar la risa de mi viejo.
- Decí algo, nena.
Y fue entonces cuando conocí que el mundo pedía demasiado a mi tozudez de ser sirena que no suena pero gorgotea. Un padre muerto. Eran tres los féretros colgando del brazo de unos parientes que bien podrían haber pertenecido a cualquier tipo de escena de una película de la mafia. Con letras doradas casi de escritura cuneiforme iba el ataúd de mi padre, detrás el otro y uno más. Juan y Bernarda, muertos el mismo día con tal de no quedar a la buena de mi madre. Ella era mujer de velorios no ir. No fue. Juan y yo. Quedamos mudos, silenciosos de llorar a rajatablas, de gritarle al cielo que era una vergüenza. Ella se pintaba las uñas, el pelo, la máscara. El arquetipo perfecto de la crueldad sin el insignificante gesto que pudiese sobrevivirla.
Con costumbres diferentes tengo que sobrellevar un velorio, aquí. Es domingo y yo, Sergei que te miro a través de la madera, te busco. Quisiera ponerte una ópera para ver cómo te las arreglás para no salir vivo de allí dentro. Hay un previsible silencio y no sé cómo pero ya empiezo a recordarte. Y ya no quiero ser más La Callas.
11
El agua llega hasta el pasillo cuando la ópera estalla a un volumen extremo.
- ¿Serge?
Grito por la casa y Plácido por un parlante. Decapitado de raíz. Stop. El agua y la pintura cuelgan del piso. Vaya uno a saber en qué celda entraste esta vez, colorista de aguarrás.
Tu mameluco tirado, tus pantuflas paradas en la puerta y yo que no te encuentro.
Los lienzos rotos de tu último ataque nocturno por mi tardanza me ojean la espalda. Se me caen los papeles de la mano. Miro nuestros huecos de cuando éramos sólo felices y entrevero la última escena del parque. No podía mentirte y vos me confrontaste con la polaroid saliendo del departamento de Filguer.
Todo hecho pedazos mientras llovía espeso de azul y verde y yo no pude prometerte nada porque no quise hacerlo. Vos sos mi sonido y allí está la desgracia de la campanada que sonó hace media hora y dejó un hilito de voz.
Él es mi paso con pie de franela y ahí estás vos con mi alegría de opereta, mi allegro vivace de cuerdas vocales. Tres. No puede ser que no pueda ser.
Saliste furioso y la calle te recibió violeta.
Gritabas desde la esquina. Te escuché y me fui a dormir.
Salí y ahora he vuelto.
¿Dónde estás, carajo?
El agua corre desde todos los zócalos. El baño entreabierto, la puerta gris, la pátina de mi amor y el tuyo.
Tu brazo que cuelga de la bañera y el agua que se volvió roja.
Tus ojos que no miran, tu voz quedó atrapada en los hilos finales de este domingo.
Sergei. Grité. Por primera vez en años grité desesperada de no volver a escucharte. Inerte, desnudo, te ibas por los tubos de esta ciudad.
Te abrace con piedad, te abrazo.
¿Cómo te hice? Tarde sin tiempo.
Es domingo, te vas, me dejás, me silenciás.
No me dejes.
Las manos astilladas de frotarte para reavivarte el color se resbalan, chapoteo entre tu pintura natural, me tiro sobre tu cuerpo y el agua que se divide cuando el mundo se cierne sobre mi mundo.
¿Quién va a darme sonido?
Decí algo.
Vos que me enseñaste que la voz se levanta cuando uno se retuerce inventá la manera y decí algo.
No sé cuantas horas pasaron pero tu sangre se secó entre mi ropa. Te saca un paramédico cuando Hernán me lleva con paso de aquí viene la viuda.
Venas mis venas, sangre tuya que tarde, muy tarde, fue mía.
Sigo esperando que digas algo cuando César entra con la buena espina de darme el pésame. Es solamente el verdugo de mi nueva imagen de hipócrita y mal nacida y ustedes ya me duelen.
- ¿Serge?
Grito por la casa y Plácido por un parlante. Decapitado de raíz. Stop. El agua y la pintura cuelgan del piso. Vaya uno a saber en qué celda entraste esta vez, colorista de aguarrás.
Tu mameluco tirado, tus pantuflas paradas en la puerta y yo que no te encuentro.
Los lienzos rotos de tu último ataque nocturno por mi tardanza me ojean la espalda. Se me caen los papeles de la mano. Miro nuestros huecos de cuando éramos sólo felices y entrevero la última escena del parque. No podía mentirte y vos me confrontaste con la polaroid saliendo del departamento de Filguer.
Todo hecho pedazos mientras llovía espeso de azul y verde y yo no pude prometerte nada porque no quise hacerlo. Vos sos mi sonido y allí está la desgracia de la campanada que sonó hace media hora y dejó un hilito de voz.
Él es mi paso con pie de franela y ahí estás vos con mi alegría de opereta, mi allegro vivace de cuerdas vocales. Tres. No puede ser que no pueda ser.
Saliste furioso y la calle te recibió violeta.
Gritabas desde la esquina. Te escuché y me fui a dormir.
Salí y ahora he vuelto.
¿Dónde estás, carajo?
El agua corre desde todos los zócalos. El baño entreabierto, la puerta gris, la pátina de mi amor y el tuyo.
Tu brazo que cuelga de la bañera y el agua que se volvió roja.
Tus ojos que no miran, tu voz quedó atrapada en los hilos finales de este domingo.
Sergei. Grité. Por primera vez en años grité desesperada de no volver a escucharte. Inerte, desnudo, te ibas por los tubos de esta ciudad.
Te abrace con piedad, te abrazo.
¿Cómo te hice? Tarde sin tiempo.
Es domingo, te vas, me dejás, me silenciás.
No me dejes.
Las manos astilladas de frotarte para reavivarte el color se resbalan, chapoteo entre tu pintura natural, me tiro sobre tu cuerpo y el agua que se divide cuando el mundo se cierne sobre mi mundo.
¿Quién va a darme sonido?
Decí algo.
Vos que me enseñaste que la voz se levanta cuando uno se retuerce inventá la manera y decí algo.
No sé cuantas horas pasaron pero tu sangre se secó entre mi ropa. Te saca un paramédico cuando Hernán me lleva con paso de aquí viene la viuda.
Venas mis venas, sangre tuya que tarde, muy tarde, fue mía.
Sigo esperando que digas algo cuando César entra con la buena espina de darme el pésame. Es solamente el verdugo de mi nueva imagen de hipócrita y mal nacida y ustedes ya me duelen.
Sunday, 21 October 2007
10
Ese teléfono negro nunca me había gustado. Era un pájaro de mal aguero con diez ojos en hilera curva que se tomaban el tiempo para guiñar todos juntos. Ese día sonó con gritos. Una voz extraña que tardaba en inhalar las palabras preguntó por la señora Martinez Rampoldi, también aclaró "la señora de la casa". La señora de la casa hacía días que no aparecía, pero cómo explicárselo a alguien que parecía necesitar un pulmotor para hablar.
- Soy la hija -, dije miméticamente tan ahogada como el tipo que tenía intenciones de hablar del otro lado del hilo.
- Su padre, Marcos Martinez -, trago una bocanada muy grande y exhaló-, hubiese preferido... yo soy un compañero del Instituto y vengo del hospital... fui a visitarlo, porque yo de tanto en tanto iba a verlo, ¿sabe?...
Mientras el tipo me recitaba su decálogo de sin razones, Juancito entró pálido por la puerta de casa. Agarró el teléfono y lo cortó. Se tiró al piso, y empezó a secarse las lágrimas con mil pañuelos que sacaba de sus bolsillos interminables.
Dijo lo justo y yo sólo atiné a levantarlo para llevarlo al sillón. Cuando comprendí la escena, él comenzaba a secarse las mejillas y, como quien pasa la posta, tuvo que lidiar con mi cuerpo que no quiso saber nada del sillón y eligió el piso.
El llanto caía de mis poros porque los ojos nunca alcanzan para lavar un grandolor. Mi padre, era un alquimista algo desencajado.
No habría recuperación ni rehabilitación ni estado normal.
Ni para él ni para nosotros. A la buena de la ciencia le había dedicado su vida, al mundo su desesperación por salvarlo y, a nosotros, nos guardó un rincón en su palma calentita. Su mente desarmada no pudo lidiar con el fracaso y su cuerpo fue a parar al mismo hospital psiquiátrico que eligió para abrirse los brazos pero, esta vez, desde adentro. El teléfono sonaba una vez, otra, otra. Paraba y volvía a empezar. Hasta que mi madre entró por la puerta y dijo:
- A limpiarse los ojos. Su padre no estaba nada bien y tal vez la muerte lo haya calmado... pobre hombre... un loco. Si hasta eligió matarse como sólo lo hacen las mujeres... él muy infeliz se cortó las venas.
Hubo gritos, puertas secas que se golpeaban contra el marco y muchos suelos mojados. Dos con pocas posibilidades y una sacándose unos guantes de cuero y astracán.
Abrí la ventana y grité algo imposible de traducir.
La cerré.
Mi madre seguía hablando y yo, desde ese día, juré no volver a abrir la ventana. No quería escuchar mi voz nunca más. Y, por supuesto, mucho menos la de ella.
- Soy la hija -, dije miméticamente tan ahogada como el tipo que tenía intenciones de hablar del otro lado del hilo.
- Su padre, Marcos Martinez -, trago una bocanada muy grande y exhaló-, hubiese preferido... yo soy un compañero del Instituto y vengo del hospital... fui a visitarlo, porque yo de tanto en tanto iba a verlo, ¿sabe?...
Mientras el tipo me recitaba su decálogo de sin razones, Juancito entró pálido por la puerta de casa. Agarró el teléfono y lo cortó. Se tiró al piso, y empezó a secarse las lágrimas con mil pañuelos que sacaba de sus bolsillos interminables.
Dijo lo justo y yo sólo atiné a levantarlo para llevarlo al sillón. Cuando comprendí la escena, él comenzaba a secarse las mejillas y, como quien pasa la posta, tuvo que lidiar con mi cuerpo que no quiso saber nada del sillón y eligió el piso.
El llanto caía de mis poros porque los ojos nunca alcanzan para lavar un grandolor. Mi padre, era un alquimista algo desencajado.
No habría recuperación ni rehabilitación ni estado normal.
Ni para él ni para nosotros. A la buena de la ciencia le había dedicado su vida, al mundo su desesperación por salvarlo y, a nosotros, nos guardó un rincón en su palma calentita. Su mente desarmada no pudo lidiar con el fracaso y su cuerpo fue a parar al mismo hospital psiquiátrico que eligió para abrirse los brazos pero, esta vez, desde adentro. El teléfono sonaba una vez, otra, otra. Paraba y volvía a empezar. Hasta que mi madre entró por la puerta y dijo:
- A limpiarse los ojos. Su padre no estaba nada bien y tal vez la muerte lo haya calmado... pobre hombre... un loco. Si hasta eligió matarse como sólo lo hacen las mujeres... él muy infeliz se cortó las venas.
Hubo gritos, puertas secas que se golpeaban contra el marco y muchos suelos mojados. Dos con pocas posibilidades y una sacándose unos guantes de cuero y astracán.
Abrí la ventana y grité algo imposible de traducir.
La cerré.
Mi madre seguía hablando y yo, desde ese día, juré no volver a abrir la ventana. No quería escuchar mi voz nunca más. Y, por supuesto, mucho menos la de ella.
Saturday, 20 October 2007
9
Tal vez debería haberlo hablado con él. Sentarlo y decirle: Serguei me siento seca. Me siento dejada al sol como una de tus pinturas. Ser musa no alcanza. O mejor dicho: no me alcanza. Pero ya se sabe que yo no digo nada. Guardo todo y me dejo estar.
Lo dejé estar.
Nos seguimos queriendo.
Tosca seguia sonando.
Callas. Maria. Calla.
Como suele ser en una obra de teatro: cuando un personaje se aleja es como si diera la señal perfecta para que el otro se acerque.
Complicado.
¿Por qué no acercarnos cuando estamos cerca y alejarnos cuando todo está perdido?
Eso sólo parece funcionar al comienzo.
Y ya luego nos olvidamos. Nos apoltronamos. nos acopiamos. Nos pensamos que el trabajo del amor es un trabajo cansador y preferimos cargar cajones en el puerto.
Y así fue.
El día menos pensado César comenzó a espiarme. A descifrarme. A leer las entrelineas de todo lo que no decia. A anticipar mis llantos y mis risas y a tenderme una mano cada vez que Serguei estaba demasiado ocupado preparando una muestra. El resumen es burgués y simplón pero así fue. Yo pienso que mi culpa fue no haberlo hablado, no haber preparado una cena (tal vez aquella igual al puchero que comimos juntos cuando nos conocimos) y confiar en que me iba a entender. Y me iba a querer rescatar. Creo que siempre crei que los hombres son demasiado orgullosos para luchar por algo salvo que se trate de una competencia entre ellos. Y no dije. Y lo dejé así porque de repente fuimos tres. Y tres fue perfecto. Nunca más me sentí sola. Nunca más me falto el amor. Ni la fe de saber que era musa pero también inspiradora de acciones intrepidas y queribles. César entro en escena y se sentó en medio del escenario para quedarse. No lo supe hasta que fue demasiado tarde.
Lo dejé estar.
Nos seguimos queriendo.
Tosca seguia sonando.
Callas. Maria. Calla.
Como suele ser en una obra de teatro: cuando un personaje se aleja es como si diera la señal perfecta para que el otro se acerque.
Complicado.
¿Por qué no acercarnos cuando estamos cerca y alejarnos cuando todo está perdido?
Eso sólo parece funcionar al comienzo.
Y ya luego nos olvidamos. Nos apoltronamos. nos acopiamos. Nos pensamos que el trabajo del amor es un trabajo cansador y preferimos cargar cajones en el puerto.
Y así fue.
El día menos pensado César comenzó a espiarme. A descifrarme. A leer las entrelineas de todo lo que no decia. A anticipar mis llantos y mis risas y a tenderme una mano cada vez que Serguei estaba demasiado ocupado preparando una muestra. El resumen es burgués y simplón pero así fue. Yo pienso que mi culpa fue no haberlo hablado, no haber preparado una cena (tal vez aquella igual al puchero que comimos juntos cuando nos conocimos) y confiar en que me iba a entender. Y me iba a querer rescatar. Creo que siempre crei que los hombres son demasiado orgullosos para luchar por algo salvo que se trate de una competencia entre ellos. Y no dije. Y lo dejé así porque de repente fuimos tres. Y tres fue perfecto. Nunca más me sentí sola. Nunca más me falto el amor. Ni la fe de saber que era musa pero también inspiradora de acciones intrepidas y queribles. César entro en escena y se sentó en medio del escenario para quedarse. No lo supe hasta que fue demasiado tarde.
Thursday, 18 October 2007
8
Como si supiese todo, Hernán pasó dos semanas sin hablarme. Me miraba con el entrecejo fruncido y seguía enfrascado en su paleta.
Hasta que habló, después de mi.
- Estás loca -,dijo y tiró el pincel al balde- Del mismo modo en que nadie puede vivir en dos lugares a la vez. Así, vos, te volviste loca.
Discutir cordura y sensatez con Hernán podía ser la tarea más titánica alguna vez imaginada. Me limité a mirarlo socarrona que recuerda cuantas veces le cerré una puerta para que se escapase por el balcón de los Capuleto. Porque él era un Romeo y yo casi su nana. Estaba furioso como cuando alguien siente que la cuidadosa estrategia se le cae de la mesa.
- Me quedo acá, en la repisa que vos me compraste, cambio de color según el tiempo, ¿espero y soy feliz? ¿Debería haber sido así?
Suponías que debería haber funcionado, pero no.
Implacable.
Me faltaba el color en las mejillas y me quisiste arreglar con unos toques de óleo calcáreo. Claro, total las costras se abren en una piel que es mía.
- ¿No vas a hacer nada? ¿Decir nada? -, repetía más de diez veces por segundo.
Mi cabeza se movía (sólo para hacer psinapsis).
No.
Cómo explicarle que así me sentía perfecta. En medio de un mundo rugoso y de otro liso. De una ópera muy fuerte y de un vals cantado con vocecita de niño.
Eran las cuatro, parecían más de las diez. Era febrero y Hernán decidió que era el tiempo que le prestaba la mejor oportunidad para jugar a ser Judas.
Hasta que habló, después de mi.
- Estás loca -,dijo y tiró el pincel al balde- Del mismo modo en que nadie puede vivir en dos lugares a la vez. Así, vos, te volviste loca.
Discutir cordura y sensatez con Hernán podía ser la tarea más titánica alguna vez imaginada. Me limité a mirarlo socarrona que recuerda cuantas veces le cerré una puerta para que se escapase por el balcón de los Capuleto. Porque él era un Romeo y yo casi su nana. Estaba furioso como cuando alguien siente que la cuidadosa estrategia se le cae de la mesa.
- Me quedo acá, en la repisa que vos me compraste, cambio de color según el tiempo, ¿espero y soy feliz? ¿Debería haber sido así?
Suponías que debería haber funcionado, pero no.
Implacable.
Me faltaba el color en las mejillas y me quisiste arreglar con unos toques de óleo calcáreo. Claro, total las costras se abren en una piel que es mía.
- ¿No vas a hacer nada? ¿Decir nada? -, repetía más de diez veces por segundo.
Mi cabeza se movía (sólo para hacer psinapsis).
No.
Cómo explicarle que así me sentía perfecta. En medio de un mundo rugoso y de otro liso. De una ópera muy fuerte y de un vals cantado con vocecita de niño.
Eran las cuatro, parecían más de las diez. Era febrero y Hernán decidió que era el tiempo que le prestaba la mejor oportunidad para jugar a ser Judas.
7
Ellos se pavoneaban hacia afuera, se inquietaban. Hasta que apareciste vos. De callado, de accionador de perillas cuando se corría el telón. Y yo te amé desde mi silencio al tuyo, de repente. Hacer y ser. Polvo volátil. Esperar el segundo entreacto para escaparme a tus brazos.
- 500 dólares por mes, pago del 1 al 5. No aceptamos animales domésticos ni música a altas horas de la noche.
Filguer se esfumó en el aire. Sus condiciones me resultaron extrañas. Ruidos. ¿De quién? Yo iba a ese lugar a estar sola.
Te sentaste en el piso con la mirada clavada en el techo que ya para estar a la altura de los acontecimientos precarios parecía estar hecho de paja. Con sólo diez minutos de estadía, se oyó el timbre. El señor Filguer me traía un recibo. Parado en la puerta mironeaba mientras hacia un ritmo sincopado con sus botas y los ojos grandes como un estadio de fútbol. Asentí y antes de que pudiese decir alguna frase, le cerré la puerta y volvi. Era un lugar sin muebles, tenía una vela clavada en una botella de vino portugues redondita y regordeta. El color del fuego era lento. Rojo y azul. Me miraste desde un ángulo inusual. Nos reímos.
Nos reímos.
Nos.
Tus besos con sabor a estufa con pantalla de gas me acariciaron. Apareció un vals chiquito sonando por lo bajo y a lo lejos. Nos quedamos desnudos en el piso. Pensé en taparte. Me dejaste abrazarte.
Contraparte.
Serguei: me impresionaba su imagen desesperada llamandome de tanto en tanto ¿Iba a explotar desde el centro como un tifón ¿O se callaría?
Eso sería más tarde, ahora me doy vuelta en el piso, te abrazo y siento, mi querido César, que estar con vos es como volver al río. Que se mueve, me moja, me salpica, me acuna y me lleva mientras yo me río. Río.
- 500 dólares por mes, pago del 1 al 5. No aceptamos animales domésticos ni música a altas horas de la noche.
Filguer se esfumó en el aire. Sus condiciones me resultaron extrañas. Ruidos. ¿De quién? Yo iba a ese lugar a estar sola.
Te sentaste en el piso con la mirada clavada en el techo que ya para estar a la altura de los acontecimientos precarios parecía estar hecho de paja. Con sólo diez minutos de estadía, se oyó el timbre. El señor Filguer me traía un recibo. Parado en la puerta mironeaba mientras hacia un ritmo sincopado con sus botas y los ojos grandes como un estadio de fútbol. Asentí y antes de que pudiese decir alguna frase, le cerré la puerta y volvi. Era un lugar sin muebles, tenía una vela clavada en una botella de vino portugues redondita y regordeta. El color del fuego era lento. Rojo y azul. Me miraste desde un ángulo inusual. Nos reímos.
Nos reímos.
Nos.
Tus besos con sabor a estufa con pantalla de gas me acariciaron. Apareció un vals chiquito sonando por lo bajo y a lo lejos. Nos quedamos desnudos en el piso. Pensé en taparte. Me dejaste abrazarte.
Contraparte.
Serguei: me impresionaba su imagen desesperada llamandome de tanto en tanto ¿Iba a explotar desde el centro como un tifón ¿O se callaría?
Eso sería más tarde, ahora me doy vuelta en el piso, te abrazo y siento, mi querido César, que estar con vos es como volver al río. Que se mueve, me moja, me salpica, me acuna y me lleva mientras yo me río. Río.
6
Prestos. Salimos corriendo bajo la nieve.
- Que no quiero nada si no es contigo
- No te escucho -, le grite cuando todavía le llevaba unos 10 metros de ventaja.
- Que la gallería es troppo grande sin te -, me gritó.
- ¿Cómo podés saberlo, si nunca estuve más de 10 minutos?
- Lo escucho, lo veo - me dijo parado en medio de la Avenida A.
El cielo era color lavanda.
- Dale, nena ¿Qué te parece?
Now you see me.
Simple.
Aunque, atenta a que nadie me había enseñado la simpleza, me lo advertí.
Pero Serguei insistió. E insistió hasta que quedé plegada entre sus sábanas. Pocas veces nos dimos la espalda. Nos miramos las pocas arrugas. Nos metimos en un café.
- Dos chocolates calientes, dijo Sergui y se arregló el bigote. Tenía una enorme cara de contento. Estaba empeñado y yo me dejé estar.
Un amor de colores oscuros de duración quinquenal, eso íbamos a tener. Porque en el rellano él era tierno. Cuando se le pasaba el maremoto era tierno. Y si el mundo se le agitaba, mejor aún, ahí tenía la situación perfecta de creer que de mi podía aprender algunos silencios. Que me provocase ternura no era nada nuevo. Aquél primer domingo llegó con la boina entre los dedos, un cuadro de Riccot en la mano. Le caía perfectamente y la palabra, desde entonces, fue tierno.
- Que no quiero nada si no es contigo
- No te escucho -, le grite cuando todavía le llevaba unos 10 metros de ventaja.
- Que la gallería es troppo grande sin te -, me gritó.
- ¿Cómo podés saberlo, si nunca estuve más de 10 minutos?
- Lo escucho, lo veo - me dijo parado en medio de la Avenida A.
El cielo era color lavanda.
- Dale, nena ¿Qué te parece?
Now you see me.
Simple.
Aunque, atenta a que nadie me había enseñado la simpleza, me lo advertí.
Pero Serguei insistió. E insistió hasta que quedé plegada entre sus sábanas. Pocas veces nos dimos la espalda. Nos miramos las pocas arrugas. Nos metimos en un café.
- Dos chocolates calientes, dijo Sergui y se arregló el bigote. Tenía una enorme cara de contento. Estaba empeñado y yo me dejé estar.
Un amor de colores oscuros de duración quinquenal, eso íbamos a tener. Porque en el rellano él era tierno. Cuando se le pasaba el maremoto era tierno. Y si el mundo se le agitaba, mejor aún, ahí tenía la situación perfecta de creer que de mi podía aprender algunos silencios. Que me provocase ternura no era nada nuevo. Aquél primer domingo llegó con la boina entre los dedos, un cuadro de Riccot en la mano. Le caía perfectamente y la palabra, desde entonces, fue tierno.
Wednesday, 17 October 2007
5
Traje una espada. Me senté en el único rincón espacioso y escuché cada uno de los monosílabos de Laurita. Su vida, como la camiseta de los muchachos dentro de un vestuario sin terceros tiempos. Calamitoso.
- Me voy.
- ¿Hacia dónde?
Qué te iba a explicar, si para vos el camino era casi unidireccional de plaza en árbol y de vuelta al banquito de mimbre para limarte las uñas postizas y sentirte reina del carnaval carioca. Callecitas de tu hemisferio derecho como la más prolija cuadricula de Haussmann. Es la única amiga que logró separar el tiempo del cansancio.
- Hacia el país de nunca jamás vengas a visitarme...
Era para que me fuese pegando un portazo, pero me quedé con el chiste.
Laurita largó la carcajada sin entenderme.
- ¿Qué será de Hernancito? ¿Habrá vendido algún cuadro?
Yo lo iba a averiguar solamente en unos días. En ese momento no podía explicarte ni una sola coma del argumento porque sabía que desenfundarías la Magnum preguntona hasta dejarme aturdida. El día estaba rancio y Menem saludaba desde la tele. Me tienen harta.
You see me
You see me
You think you will see me again
Now you don’t.
Simple.
Ya ni me tienen.
Me voy desafiando a la ciudad a que me busque, piedra libre cuatro, cinco, diez. Punto y jota de tiempos jodidos, de expresión casta relamida y pacata. Con mi viejo muerto y mi madre ensartada en la alta alcurnia en brazos de un coleccionista de cachivaches, me puedo dejar de estar por el sur tranquila.
Que frio. Este otoño se empeña en clavarse en la esquina de Corrientes y Talcahuano. Arrastro los pies para llevarme aunque más no sea el polvo bruto de los adoquines que están tan muertos como el día.
Buenos Aires, cuando lejos te vea. ¿Te vea?
Bernarda con la misma be. De los buenos días que ya no son.
Austral. La cuna del aire hace mover unas alas de hojalata y hay un espigón para salir corriendo por la pista de bowling sin que me frenen los hombres de orejeras chatas. Hernán me está esperando con gorra de yanquee doodle en el aeropuerto del presidente fusilado.
- Asesinado.
- Es lo mismo.
Llegar y actuar sin nadie aquí y con gente por todos lados. Cuando el taxi arranca a toda marcha creo que me sale en un grito: Buenos Aires, te reto a que me olvides, a que publicites por la calle que no te quiero ni te espero ni me voy a arrepentir.
El húmedo color de las paredes me desaloja. Penar es casi vano. El medio más exquisito y privado me da la pauta e, inalámbrico en mano, sólo me resta decir un par de cosas.
- Hola... Soy Bernarda Martinez, la chica del tercero B. Ya no estoy en Buenos Aires, ¿Le molestaría entrar a cerrar las persianas de mi departamento? El clima estaba horrible y creo que me las dejé abiertas.
- Me voy.
- ¿Hacia dónde?
Qué te iba a explicar, si para vos el camino era casi unidireccional de plaza en árbol y de vuelta al banquito de mimbre para limarte las uñas postizas y sentirte reina del carnaval carioca. Callecitas de tu hemisferio derecho como la más prolija cuadricula de Haussmann. Es la única amiga que logró separar el tiempo del cansancio.
- Hacia el país de nunca jamás vengas a visitarme...
Era para que me fuese pegando un portazo, pero me quedé con el chiste.
Laurita largó la carcajada sin entenderme.
- ¿Qué será de Hernancito? ¿Habrá vendido algún cuadro?
Yo lo iba a averiguar solamente en unos días. En ese momento no podía explicarte ni una sola coma del argumento porque sabía que desenfundarías la Magnum preguntona hasta dejarme aturdida. El día estaba rancio y Menem saludaba desde la tele. Me tienen harta.
You see me
You see me
You think you will see me again
Now you don’t.
Simple.
Ya ni me tienen.
Me voy desafiando a la ciudad a que me busque, piedra libre cuatro, cinco, diez. Punto y jota de tiempos jodidos, de expresión casta relamida y pacata. Con mi viejo muerto y mi madre ensartada en la alta alcurnia en brazos de un coleccionista de cachivaches, me puedo dejar de estar por el sur tranquila.
Que frio. Este otoño se empeña en clavarse en la esquina de Corrientes y Talcahuano. Arrastro los pies para llevarme aunque más no sea el polvo bruto de los adoquines que están tan muertos como el día.
Buenos Aires, cuando lejos te vea. ¿Te vea?
Bernarda con la misma be. De los buenos días que ya no son.
Austral. La cuna del aire hace mover unas alas de hojalata y hay un espigón para salir corriendo por la pista de bowling sin que me frenen los hombres de orejeras chatas. Hernán me está esperando con gorra de yanquee doodle en el aeropuerto del presidente fusilado.
- Asesinado.
- Es lo mismo.
Llegar y actuar sin nadie aquí y con gente por todos lados. Cuando el taxi arranca a toda marcha creo que me sale en un grito: Buenos Aires, te reto a que me olvides, a que publicites por la calle que no te quiero ni te espero ni me voy a arrepentir.
El húmedo color de las paredes me desaloja. Penar es casi vano. El medio más exquisito y privado me da la pauta e, inalámbrico en mano, sólo me resta decir un par de cosas.
- Hola... Soy Bernarda Martinez, la chica del tercero B. Ya no estoy en Buenos Aires, ¿Le molestaría entrar a cerrar las persianas de mi departamento? El clima estaba horrible y creo que me las dejé abiertas.
Wednesday, 10 October 2007
4
Filguer recibe el dinero con dedos de pulpo. Tiene cara de mujer brava. No sé porque pero quería tener mi propio espacio y decidí alquilarle este piso en pleno centro de Williamsburgh. Calles casi vacías. Restaurantes polacos. Entre una lamada y otra llegué y César estaba en la puerta. Tenía la barba de varios días. Sentado en el piso, escribia con una piedra como cuando de chica jugaba a la rayuela.
- ¿Cómo sabías que vendría a este lugar?
- Porque te sigo. Desde que te conocí te sigo.
La barba de varios días. Cara de tuna. Escribís en el piso como si me reprochases que nunca te conseguí una mesa. Un último acto directo a la basura, comprimido, hecho un bollito.
- ¿Necesitas algo?
- Follarte
Me quedo helada pero lo hago pasar. Entre los dos no hacemos ruido y la música a duras penas se oye. ¿Estaremos como ciegos que entran en esa zona donde ya no hay culpas ni reproches?
Me olvido de preguntar y me dedico a reír con el mismo único estruendo que saqué de cuando todavía duraba tu fiesta de bienvenida. "Sería arcaico decirlo pero creo que sos endemoniada y bella...", dijiste. Hernán por suerte apareció y te callaste.
- Cómo no vas a tener algo de arcaico si vagas por el viejo mundo que ni aunque lo tiren a la basura y le pongan un pibe de 10 años todo tullido a velar por sus buenos restos va a dejar de serlo.
Yo hasta ese momento era Bernarda beata, casi santa. Y vos tuviste que cerrar en infierno del Dante una noche de estropajos sociales, vueltas y reencuentros. Carajo (pienso con todas las letras mientras lo miro. Nunca nadie me dijo tan claro -¿Que necesitas? -Follarte. Me tiemblan las piernas).
Esa noche los vi sentados en la cocina en una maravillosa cita de jocosos. Serguei, altisonante y César era como un apenas móvil Pinocchio de madera terciada que no paraba de traducir al idioma de los sordos cada una de sus palabras. De a poco sacaba un par de frases apenas audibles. "Ni se te ocurra alabar mi palidez", pensé después del piropo arcaico. Y creo que lo llamé. "Parece tan fuerte y frágil y firme y de a ratos etérea... me da envidia", le dijo.
Serguei lo interrumpió con su vozarrón de relleno.
- Desde hace tres enormes, amplios, verdes, rojos... años
- ¿Cuánto? Imposible.
- Sí. El secreto es simple: sólo tenés que dejarla ser, cosa que a mí no me cuesta porque la necesito así, musa inspiradora.
Serguei, altisonante y belicoso me guiñó el ojo. César parecía ya una araña que teje. Su silencio me irritaba de atenciónen mi papel de espía del momento. Entre tanta gente que lo recibía era casi imposible que nos encontrásemos, pero me enredé por saber cómo buscar la vuelta para besar la cola del perro que se movía a contrapelo con dos ojos semi-abiertos como almejas.
Me abrí paso en un pasillo.
Nos seguimos de reojo.
Sentí que me sacudía la placidez, la palidez.
Que tonta, pensé que no sería nada. Pensé que era como meterme en Vietnam y salir con simples astillas clavadas en el muslo.
Mareada. Sentí la fuerza de la escencia que gritaba que si algo no existe es porque probablemente otra cosa lo está frenando de ser.
Tardaba en salir del baño y yo esperaba.
Finalmente no soporté la espera y me metí.
Un simple baño con espejo con su cara de italiano malquerido. Me agarro del cuello y me froto con sus manos hasta llegar a mis rodillas. Como quien calienta un cuerpo a punto de morir, como quien le quiere dar sangre. César repite algo de arcaico y bello. Y dice más cosas. No llego a escuchar la palabra final. Mi circulación tiene olor a crema para manos y sus ojos celestes son enormes. Somos dos que no dicen. Queda el espejo que deforma y multiplica los pocos ruidos que hacemos en el silencio puro de mirarse al espejo. Welcome party en la que estás tan mudo como yo, aunque seas el protagonista principal. Manos que a fuerza de ser ásperas me llevo algo culposa a mi galpón ya habitado. Me voy, te vas. Sergei festeja su amistad. Vos y yo nos jodimos al mundo aún sin hacer nada. Tus manos aún frotan mis piernas, nunca imaginé que un acto tan ridículo y simple podría ser tan perturbador. No tengo respuestas. Cuando ya es tarde, Serguei me pone un poncho para volver a nuestra casa. Y me lleva en andas cantando Torna Sorrento. A viva voce.
- ¿Cómo sabías que vendría a este lugar?
- Porque te sigo. Desde que te conocí te sigo.
La barba de varios días. Cara de tuna. Escribís en el piso como si me reprochases que nunca te conseguí una mesa. Un último acto directo a la basura, comprimido, hecho un bollito.
- ¿Necesitas algo?
- Follarte
Me quedo helada pero lo hago pasar. Entre los dos no hacemos ruido y la música a duras penas se oye. ¿Estaremos como ciegos que entran en esa zona donde ya no hay culpas ni reproches?
Me olvido de preguntar y me dedico a reír con el mismo único estruendo que saqué de cuando todavía duraba tu fiesta de bienvenida. "Sería arcaico decirlo pero creo que sos endemoniada y bella...", dijiste. Hernán por suerte apareció y te callaste.
- Cómo no vas a tener algo de arcaico si vagas por el viejo mundo que ni aunque lo tiren a la basura y le pongan un pibe de 10 años todo tullido a velar por sus buenos restos va a dejar de serlo.
Yo hasta ese momento era Bernarda beata, casi santa. Y vos tuviste que cerrar en infierno del Dante una noche de estropajos sociales, vueltas y reencuentros. Carajo (pienso con todas las letras mientras lo miro. Nunca nadie me dijo tan claro -¿Que necesitas? -Follarte. Me tiemblan las piernas).
Esa noche los vi sentados en la cocina en una maravillosa cita de jocosos. Serguei, altisonante y César era como un apenas móvil Pinocchio de madera terciada que no paraba de traducir al idioma de los sordos cada una de sus palabras. De a poco sacaba un par de frases apenas audibles. "Ni se te ocurra alabar mi palidez", pensé después del piropo arcaico. Y creo que lo llamé. "Parece tan fuerte y frágil y firme y de a ratos etérea... me da envidia", le dijo.
Serguei lo interrumpió con su vozarrón de relleno.
- Desde hace tres enormes, amplios, verdes, rojos... años
- ¿Cuánto? Imposible.
- Sí. El secreto es simple: sólo tenés que dejarla ser, cosa que a mí no me cuesta porque la necesito así, musa inspiradora.
Serguei, altisonante y belicoso me guiñó el ojo. César parecía ya una araña que teje. Su silencio me irritaba de atenciónen mi papel de espía del momento. Entre tanta gente que lo recibía era casi imposible que nos encontrásemos, pero me enredé por saber cómo buscar la vuelta para besar la cola del perro que se movía a contrapelo con dos ojos semi-abiertos como almejas.
Me abrí paso en un pasillo.
Nos seguimos de reojo.
Sentí que me sacudía la placidez, la palidez.
Que tonta, pensé que no sería nada. Pensé que era como meterme en Vietnam y salir con simples astillas clavadas en el muslo.
Mareada. Sentí la fuerza de la escencia que gritaba que si algo no existe es porque probablemente otra cosa lo está frenando de ser.
Tardaba en salir del baño y yo esperaba.
Finalmente no soporté la espera y me metí.
Un simple baño con espejo con su cara de italiano malquerido. Me agarro del cuello y me froto con sus manos hasta llegar a mis rodillas. Como quien calienta un cuerpo a punto de morir, como quien le quiere dar sangre. César repite algo de arcaico y bello. Y dice más cosas. No llego a escuchar la palabra final. Mi circulación tiene olor a crema para manos y sus ojos celestes son enormes. Somos dos que no dicen. Queda el espejo que deforma y multiplica los pocos ruidos que hacemos en el silencio puro de mirarse al espejo. Welcome party en la que estás tan mudo como yo, aunque seas el protagonista principal. Manos que a fuerza de ser ásperas me llevo algo culposa a mi galpón ya habitado. Me voy, te vas. Sergei festeja su amistad. Vos y yo nos jodimos al mundo aún sin hacer nada. Tus manos aún frotan mis piernas, nunca imaginé que un acto tan ridículo y simple podría ser tan perturbador. No tengo respuestas. Cuando ya es tarde, Serguei me pone un poncho para volver a nuestra casa. Y me lleva en andas cantando Torna Sorrento. A viva voce.
Monday, 8 October 2007
3
Mi madre nunca me enseñó a poner la casa en orden y, si bien en un galpón nada puede ser tan grave, mi madre nunca me lo enseñó. Laura entra como el hada madrina de los cuentos, vestida casi de escarpines y felicidad en la boca. No puede creer que vivamos así, tirados en el piso, despatarrados y sin hijos. Laura siempre fue mujer de escobas llevar, le encanta la casa y la pesca y a mí mi madre jamás me enseñó cómo se ordena una casa y mucho menos a planchar camisas ni a tender pañales. Serguei usa solo mamelucos, guarda los caramelos recién chupados en el interior, me mira esperando que se lo festeje y los pega como gorgojos transparentes de aspecto rojizo en la tela.
Laura, mirás espantada con tu vestidito de tules celestes. Por este par de años de no vernos pareciera que los cuadernos Rivadavia tapa roja, para comunicaciones y tapa verde de no sé qué se te hubiesen congelado en los brazos. La ciudad te parece extraña, casi inhóspita, sin colores de postal ni secuencias en cámara lenta. Tal vez esperabas que Sinatra estuviese en el aeropuerto a punto cantar o que los árboles del Central Park te tocasen con las ramas cuando no hacía ni un minuto que habías apoyado tu pie de princesa en territorio sin churrasco.
Nada puedo decirte, ni explicarte; Serguei está rapado porque le gusta, tiene bigotes de manubrio porque se cree Dalí y yo no hago gala porque no se me da la gana. Nos conocimos a presión de olla con puchero que trajo Hernán, casi a la fuerza que da la impronta de un encuentro planeado por otro y vos, con los años, mejoraste la puntería y la necesidad de encontrarte con respuestas para todo. Como mi madre.
Hace 3 años.
Es ruso
Habla italiano porque vivió en la tierra de Leonardo cuando estudiaba pintura.
La galería es de él.
Me alegra que te guste el Soho.
Abrís mis telegramas y yo odio las reuniones de mujeres; tengo que admitir que pasar revista en el espacio femenino exacerba mi costado más huraño. Salir del confín de la tierra que nos conoció de mismo banco debe haber sido un gran golpe para vos que planeas las compras del supermercado con una anticipación morbosa de hasta dos semanas. Hablás. Preguntás. Soliloquio puro pero sin la señorita García de tercer grado para frenarte; si me levanto y te dejo, con toda seguridad no te vas a dar por enterada. De todos modos me alegra tu llegada cara conocida.
Salir y entrar de hombres tan activos. Serguei debe estar volviendo loco a tu de-profesión-contador, natural de Ramos Mejía, conocido en una discoteca. Le habla y lo revolea entre lienzos. Menos mal que existe él porque yo inicié mi camino de muda desde hace un par de otoños y gracias a él pude mantenerlo. Me inquieta tu insistencia con el país que según vos se recupera. Laurita, ¿estás segura de que me traés mis raíces? Yo las tengo bien guardadas en el vitrinero sin escudo pero con bombilla para que me miren de tanto en tanto. Sólo Hernán puede salvarme y como si lo supiera aparece diáfano por la única entrada posible; se cuelga del techo en un abrazo de mosca. Y se cree tu verso de la tierra frondosa con brazos para todos. El es un melancólico que se conmueve ante el primer llamado de la patria semillero del mundo -que aunque se haya ahogado con Perón el muy tontito cree que sigue existiendo- y casi llora de verte la impronta argentina. La cabeza raspando los aires con un abrazo homicida que te levanta con el tutú a punto de estallar, Laurita con pudores de ‘señorita no se restriegue contra el pecho de su amor de adolescencia’. Dura poco y te das cuenta cuando Hernán logra apoyar tus pies en el piso. Tu contador de ábaco y vos algo excitada contra el pubis de Hernán que ya te baja arrastrada como en Romeo y Julieta. Diamantina. El seguramente va a proponer una salida de borrachos que van cantando Aurora fuera de contexto. Los tres por los ¿buenos? viejos tiempos. En realidad, va a querer quitarte la pátina de pico dulce y moñito de seda, para bajarte la guardia y el vestidito con una pequeña ayuda. De puro castor viscoso y alternador que es. Los miro. Los traspaso en el tiempo para que aparezcan en el patio de tu casa y para que no se olviden de que los conozco bien, te digo que sé que está tramando el amigo argento. Sabe que no tiene nada que perder y, dejáme que piense más allá de lo que me corresponde, pero si cuidás las apariencias, seguramente vos tampoco.
Serguei dejó a tu contador tirado en algún rincón y viene a salvarme. Nada podía ser tan inocente de mi parte: basta una mirada de su amigo ardilla para que, con aires de quien no puede evitar lo inevitable, me pida que a la vuelta traiga vino y que al menos me guarde un espacio estomacal para tomarlo. Sus ojos negros me miran desde la calvicie prado de mi vida. Su amor supo encontrar mis entrañas. Desvariado pinta.
Son las seis, contador a la bolsa de boca de lobo de un hotel de 5 estrellas y nosotros, compañeros de la escuela bonaerense, salimos disparados a los últimos bares que ya cierran. Con el rato puedo sentenciar: los triángulos funcionan con terceros excluidos. Gótica que, por ventaja para tus pudores, anochece temprano. Te tomás el cuarto vaso de Chiantti y Hernán ya se relame. Hermano expatriate, vas a cumplir el sueño del pibe en las escalinatas de Saint Patrick. Sos un hereje, si te meten preso no me llames. Luna lunera cascabelera, me voy sin decirles nada... obviamente ya le habías comenzado a besar las piernas y Laura daba de grititos. Mi galpón galería está a pocas cuadras. La licorería de Broadway y la 20 está abierta, todo me queda a pie. Me voy sacando la ropa por el pasillo mientras me llega con volumen. Tosca, muy fuerte. Plácido. Domingo. Dalí de rojo. ¿Es que estás inspirado?
Laura, mirás espantada con tu vestidito de tules celestes. Por este par de años de no vernos pareciera que los cuadernos Rivadavia tapa roja, para comunicaciones y tapa verde de no sé qué se te hubiesen congelado en los brazos. La ciudad te parece extraña, casi inhóspita, sin colores de postal ni secuencias en cámara lenta. Tal vez esperabas que Sinatra estuviese en el aeropuerto a punto cantar o que los árboles del Central Park te tocasen con las ramas cuando no hacía ni un minuto que habías apoyado tu pie de princesa en territorio sin churrasco.
Nada puedo decirte, ni explicarte; Serguei está rapado porque le gusta, tiene bigotes de manubrio porque se cree Dalí y yo no hago gala porque no se me da la gana. Nos conocimos a presión de olla con puchero que trajo Hernán, casi a la fuerza que da la impronta de un encuentro planeado por otro y vos, con los años, mejoraste la puntería y la necesidad de encontrarte con respuestas para todo. Como mi madre.
Hace 3 años.
Es ruso
Habla italiano porque vivió en la tierra de Leonardo cuando estudiaba pintura.
La galería es de él.
Me alegra que te guste el Soho.
Abrís mis telegramas y yo odio las reuniones de mujeres; tengo que admitir que pasar revista en el espacio femenino exacerba mi costado más huraño. Salir del confín de la tierra que nos conoció de mismo banco debe haber sido un gran golpe para vos que planeas las compras del supermercado con una anticipación morbosa de hasta dos semanas. Hablás. Preguntás. Soliloquio puro pero sin la señorita García de tercer grado para frenarte; si me levanto y te dejo, con toda seguridad no te vas a dar por enterada. De todos modos me alegra tu llegada cara conocida.
Salir y entrar de hombres tan activos. Serguei debe estar volviendo loco a tu de-profesión-contador, natural de Ramos Mejía, conocido en una discoteca. Le habla y lo revolea entre lienzos. Menos mal que existe él porque yo inicié mi camino de muda desde hace un par de otoños y gracias a él pude mantenerlo. Me inquieta tu insistencia con el país que según vos se recupera. Laurita, ¿estás segura de que me traés mis raíces? Yo las tengo bien guardadas en el vitrinero sin escudo pero con bombilla para que me miren de tanto en tanto. Sólo Hernán puede salvarme y como si lo supiera aparece diáfano por la única entrada posible; se cuelga del techo en un abrazo de mosca. Y se cree tu verso de la tierra frondosa con brazos para todos. El es un melancólico que se conmueve ante el primer llamado de la patria semillero del mundo -que aunque se haya ahogado con Perón el muy tontito cree que sigue existiendo- y casi llora de verte la impronta argentina. La cabeza raspando los aires con un abrazo homicida que te levanta con el tutú a punto de estallar, Laurita con pudores de ‘señorita no se restriegue contra el pecho de su amor de adolescencia’. Dura poco y te das cuenta cuando Hernán logra apoyar tus pies en el piso. Tu contador de ábaco y vos algo excitada contra el pubis de Hernán que ya te baja arrastrada como en Romeo y Julieta. Diamantina. El seguramente va a proponer una salida de borrachos que van cantando Aurora fuera de contexto. Los tres por los ¿buenos? viejos tiempos. En realidad, va a querer quitarte la pátina de pico dulce y moñito de seda, para bajarte la guardia y el vestidito con una pequeña ayuda. De puro castor viscoso y alternador que es. Los miro. Los traspaso en el tiempo para que aparezcan en el patio de tu casa y para que no se olviden de que los conozco bien, te digo que sé que está tramando el amigo argento. Sabe que no tiene nada que perder y, dejáme que piense más allá de lo que me corresponde, pero si cuidás las apariencias, seguramente vos tampoco.
Serguei dejó a tu contador tirado en algún rincón y viene a salvarme. Nada podía ser tan inocente de mi parte: basta una mirada de su amigo ardilla para que, con aires de quien no puede evitar lo inevitable, me pida que a la vuelta traiga vino y que al menos me guarde un espacio estomacal para tomarlo. Sus ojos negros me miran desde la calvicie prado de mi vida. Su amor supo encontrar mis entrañas. Desvariado pinta.
Son las seis, contador a la bolsa de boca de lobo de un hotel de 5 estrellas y nosotros, compañeros de la escuela bonaerense, salimos disparados a los últimos bares que ya cierran. Con el rato puedo sentenciar: los triángulos funcionan con terceros excluidos. Gótica que, por ventaja para tus pudores, anochece temprano. Te tomás el cuarto vaso de Chiantti y Hernán ya se relame. Hermano expatriate, vas a cumplir el sueño del pibe en las escalinatas de Saint Patrick. Sos un hereje, si te meten preso no me llames. Luna lunera cascabelera, me voy sin decirles nada... obviamente ya le habías comenzado a besar las piernas y Laura daba de grititos. Mi galpón galería está a pocas cuadras. La licorería de Broadway y la 20 está abierta, todo me queda a pie. Me voy sacando la ropa por el pasillo mientras me llega con volumen. Tosca, muy fuerte. Plácido. Domingo. Dalí de rojo. ¿Es que estás inspirado?
Wednesday, 3 October 2007
2
- Con vos, los domingos no se puede ni hablar.
Sentado en la escalera Hernán repite esa frase como una letanía.
“No los puedo vivir, hablar no me molesta”, pensé sin decirle nada.
Hace cuatro años que Serguei había desaparecido. Fue un domingo, como también había sido domingo el día en que había aparecido por primera vez, tal vez sea por eso. “Soy el último druida de la cuadra”, se presentó entonces. Al irse no dijo nada.
“Hernán Garro, el pintor argentino radicado en Nueva York, expone en una galería del Soho. Ubicada en el 339 de la calle Prince, la sala pertenece al pintor italiano de origen ruso Serguei Ponietska, ganador del premio nacional Da Vinci en 1986. Esta es la primera muestra conjunta que Ponietska y Garro realizan en la gran manzana”, decía la crónica de La Voz, el diario mexicano.
“Che, parece que es verdad que le va bien”, dijo mi hermano Julio leyendo la crónica en voz alta.
“¿Y por qué iba a ser mentira?”, pregunté.
Pintores amigos, Hernán y Serguei no daban “pincelada sin vino”, comían lupines y hablaban con la pasión exagerada que se importa desde ciertos lugares: era alucinante pero Vetrek, en Rusia y Ramos Mejía, en Argentina podían proveer una combinación pasional semejante. Hernán pintaba con signos liliputienses mientras su amigo Serguei prefería la abstracción inspirada por la ópera a grandes decibeles.
Nueva York, 14 de marzo de 1992
Bernardita querida:
Hola. ¿Cómo va todo por allí? Esto es mejor de lo que creí ¿cómo no me vine antes? Todo está dispuesto para recibir a mis amigos. La última muestra dio muy buenos resultados (te vas a caer de culo pero, en una semana, me hicieron casi 30 notas. El New York Times, semanarios de arte, dos boletines de universidades, Bordeliners, una publicación del Soho y no me acuerdo qué otras más). ¿Cómo está tu viejo? Mandale un abrazo. La semana pasada te llamé pero tu mamá me dijo que estabas yendo pocas veces a dormir allá ¿en qué andás? El otro día me cruce a un tipo, dueño de un launchonette (es una especie de fonda estilo yanqui) y me dijo que acá es muy fácil conseguir trabajo de “cocinera” (no te enojes, ya sé que se dice “Chef”). Hay que irse de querida, de lejos, todo parece un circo. Te juro que ves bien claro cómo se va todo a pique. Hace diez años estábamos en una guerra que era una verdadera una payasada y ahora miro la televisión y no puedo creer lo que veo… qué contarte que no sepas. ¿Cómo estará todo en 10 años más? ¿Cómo será el 2002? ¿Y el 2012? Mejor verlo de lejos, creo yo. La patria, como la mayoría de los amores, cuando no se hace cotidiana se hace perdón y querencia.
Bueno, qué se yo. Escribime, contame cómo andás. O si no, veníte. Además del trabajo tengo otras dos buenas razones para tentarte: conseguí un departamento enorme y tengo un amigo para presentarte. Serguei, un ruso que vivió en Italia durante años. También pintor, un tipo fantástico. Bigote manubrio, finito, pelado, corte de hombre musculoso de la década del ¿20? No sé pero muy simpático. Cuando le dije que te encantaba el personaje de Ivan Illich y que también sabías cocinar pasta asciuta casi se toma el avión para ir a buscarte (después de ver tu foto, esa en la que tenés el vestido negro largo y el pelo atado, pensó en buscarte porque tenés “los labios redondos como sólo las mujeres que besan bien los tienen”, sic de Serguei… no te podés quejar. ¡Un poeta!). Qué se yo. Imaginé que te gustaría. Y anda un poco solo. Ya no sé qué parte imagino y qué parte es real.
Espero que alguna vez se produzca el milagro.
Un beso en la frente
Hernán
Pd: Y no me digas que no querés más “artistoides” porque te encantan”
Así fue. Cuando parecía que yo ya no tenía más causas ni quería a nadie, Hernán me lo trajo por carta. “Basta de artistoides con espacio para la locura y el mal menor”, le repetía. Aunque bastó que apareciese Serguei para dejarme caer en el ensueño de la que ya se prueba el traje de misericordia antes de pasar por el púlpito. Llegué pronto a Nueva York: era el año 1994, casi 1995. Y así llegué y cai rendida (Hernán siempre me conoció bien). Serguei -cosaco menor- dejó de decirme Bernarda para llamarme Santa Bernardette. Yo, por esos días, prefería ser María la de las cuentas plásticas estiradas como alambres entre los pelos, pero él, sin consuelo, me llamaba Bernardette. Beata. Apareció un domingo y me dejó acá, entre sus cosas también en otro.
Desde la escalera, Hernán me recuerda que todavía hay que descolgar sus cuadros, armar las cajas y dejar todo presentable antes de las seis. Habla de la partida, de los años de estar, del alejarse del barrio, de las ganas de volver, del cambio de los tiempos... me salvé de la virgen de Luján porque nunca le interesaron los santos ni las promesas. Hernán se vuelve. Me mira con gallitos verdes en las pupilas. Envalentonado con los ojos.
— Me preocupa cómo vas a estar. Digo, ahora que me voy.
Se calla, ve que no le da resultado y arremete con franqueza barata y psicoanalítica.
- Tu problema... -garganta que se aclara-, blah, blah y blah.
Hernán, con discurso de calesita, ni se te ocurra empezar con el revisionismo retórico del qué será de haber sido. No me sirve. Llamarme Bernardette y no Ana Pavlova o Fausta es mi actual problema.
Esta casa tuya me lo trae. Una aparición de domingo, un engendro dominical. El cuadro entre las manos, las palmas con grietas y el acento-vozarrón.
- Es imposible salir del círculo, Bernardita-, me dijiste. Y llevaste la olla de puchero a la mesa. Hernán se relamía de verme estirando los brazos para alcanzar la sal mientras con la mano le rozaba el cuello a su amigo. A cada movimiento le correspondía un comentario hilarante que me petrificaba. Hernán era cómplice. Si hasta lo había preparado a mis espaldas con esa miserable necesidad de filo-hermano que quiere verme feliz.
- Amigo tuyo tenía que ser, otro luchador de brocha fina.
- Amiga tuya tenía que ser, para ser una mujer de ojos grandes arrastrada por el viento norte.
Hernancito me entregó como quien deja una encomienda después de pasearla bajo el brazo por todas las avenidas y de cuidarla de la lluvia y las centellas. Me llevó de mí hacia él, sólo por hacerme feliz. Tres.
Hernán se levantó de la silla, dio vueltas unos minutos y decidió salir sin decir nada. Serguei me miraba y yo, nerviosa, seguía salando el plato que ya estaba incomible. Me descubrí escuchando una historia con infancia en Rusia, padres huyendo, estudios en Italia, el amor por la pintura y la sensación de ser un paria.
- De andar sin vida más que con la que se lleva en la valija.
El pintaba el mundo porque desde algún rincón hay que hacer algo con los fantasmas que se cuelan entre el aire. Padres muertos, de coincidencias dispares. La sal seguía cayendo sin razón. Estaba nerviosa, sí. Estaba sola y yo también me sentía paria. Le hablé de un limonero que mi viejo había plantado en la puerta de la casa de la calle Ramsay. Estábamos solos como los que no pudieron quedarse a ver si el árbol llegaba a la marca de la pared.
- Vos sabés... dejar la casa, dejar el barrio.
Los brazos de mi padre, le miré los brazos. Nos escuchábamos la historia. Hernán volvió. Habían pasado 3 horas. Serguei me seguía mirando. Lo acompañé a la puerta. Y arremetió con un beso. Estando aquí, dejando allá. Era un hombre de sentirse y verse solo. El y yo éramos eso. Volví a entrar y mi compañero de casa, Hernancito bonaerense, me hizo un guiño como si hubiese cumplido su tarea. Estaba feliz, tal vez más que yo. No le importaba que la época en la cual habíamos sido dos-unidos-por-calor-de-pampa, con algunas señoritas muy suyas de ir y venir, no fuese a regresar. Según su versión, mientras él cortaba breteles, a mí me hacía falta el trazo de su amigo al que tanto le había hablado de mi desde la primera vez que me vio en una foto hecha en la Capital Federal de la República Argentina (a Serguei le gustaba llamarla así como si sonase casi de Europa del Este). Después de la cena llegaron los tiempos desesperados. Nos besamos mil veces más.
Y nos quedamos.
Y enloquecimos.
Y la ópera sonaba en la casa.
Y Serguei cantaba.
Y pintaba.
Y yo sentía que, aunque sea de a ratitos, era feliz.
Felices éramos.
Cuando quise darme cuenta, toda mi cara, con ojos incluidos, estaba estampada entre bastidores y tachos con agua que con la opereta del pintor llegaba a despertar a los vecinos.
Nos quedamos mirándonos a los ojos. E hicimos una cita para la hora del té de la semana siguiente. Tres entonces. Serguei, que desde el primer día llevaba la marca de la desesperanza, era un semi hombre tendido en un cuerpo que hacía tiempo había dejado de pertenecerle. Como una premonición del final, en el comienzo también hubo un cortejo de semanas y un ahogo mio cuando no quería escucharlo. Con escapadas a los parques.
Me negué por un tiempo cambiar el escenario de su casa por el del taller-galería de la calle Prince. Tenía miedo de encontrarme con el silencio y no saber qué hacer. Cambió de galería y nos quedó el amor. Amor de hacer fricción contra los días para dejarse estar, para conocerse entre las sombras. De explosiones por meternos debajo de la piel ajena-propia para buscar calor y ser felices. Amor, amor, amor.
Amor de color ciénaga y tormenta bien negra.
Hernán sigue colgado de la escalera y parece mentira que así sea la última imagen que quiere que guarde de él. No puedo creer que se vaya. ¿Para completar este triángulo, yo también debería irme? Es casi el año 2000, faltan dos para ver qué pasa en el eterno retorno.
Fuimos entonces tres más uno, más varios inestables.
Serguei deambulaba por la casa buscando no sé qué pálida textura para darle una colorida fiesta de bienvenida a su único amigo del viejo mundo. Éramos como la familia Telerín: con vocecitas de pito y vestiditos rojos a lunares blancos.
Tres idiotas riendo de las horas. Hernán el curador y yo ojos que sólo miran a Serguei, que deambula como un poseso de delantal manchado, con sus ansias de llamar mi atención. Su amigo estaba llegando tres horas tarde pero directamente desde el Foro, con el Coliseo a cuestas y la Piazza Navona colgada de una oreja. Habían sido estudiantes de arte, compañeros del marchito rumbo de estar solos. “César quería ser actor... y lo logró. Ahora también viene a Nueva York para quedarse”, decía Serguei con tono emotivo por el reencuentro. El fastidio de pensar que ese histrión intruso iba a quitarnos nuestro triángulo perfecto me hacía verlo actor de merengue, empalagoso y lento como cuando, derretido, cae. Jamás imaginé que podría transformar mi mala gana de recibirlo.
Serguei no lo sabía, pero al final de ese día dejaría de ser feliz.
¿Yo acaso lo sabía?
Era 1996. Hacia casi dos años que éramos un amor infinito.
Hernán descuelga el último cuadro, corre el cierre de la valija y habla:
- Vamos a tomar el último trago -me dice con letra de tango cuando cierra por anteúltima vez la puerta de su casa aquí en el norte.
Tengo el recuerdo inconcluso de aquél día.
La respuesta es: yo tampoco.
Sentado en la escalera Hernán repite esa frase como una letanía.
“No los puedo vivir, hablar no me molesta”, pensé sin decirle nada.
Hace cuatro años que Serguei había desaparecido. Fue un domingo, como también había sido domingo el día en que había aparecido por primera vez, tal vez sea por eso. “Soy el último druida de la cuadra”, se presentó entonces. Al irse no dijo nada.
“Hernán Garro, el pintor argentino radicado en Nueva York, expone en una galería del Soho. Ubicada en el 339 de la calle Prince, la sala pertenece al pintor italiano de origen ruso Serguei Ponietska, ganador del premio nacional Da Vinci en 1986. Esta es la primera muestra conjunta que Ponietska y Garro realizan en la gran manzana”, decía la crónica de La Voz, el diario mexicano.
“Che, parece que es verdad que le va bien”, dijo mi hermano Julio leyendo la crónica en voz alta.
“¿Y por qué iba a ser mentira?”, pregunté.
Pintores amigos, Hernán y Serguei no daban “pincelada sin vino”, comían lupines y hablaban con la pasión exagerada que se importa desde ciertos lugares: era alucinante pero Vetrek, en Rusia y Ramos Mejía, en Argentina podían proveer una combinación pasional semejante. Hernán pintaba con signos liliputienses mientras su amigo Serguei prefería la abstracción inspirada por la ópera a grandes decibeles.
Nueva York, 14 de marzo de 1992
Bernardita querida:
Hola. ¿Cómo va todo por allí? Esto es mejor de lo que creí ¿cómo no me vine antes? Todo está dispuesto para recibir a mis amigos. La última muestra dio muy buenos resultados (te vas a caer de culo pero, en una semana, me hicieron casi 30 notas. El New York Times, semanarios de arte, dos boletines de universidades, Bordeliners, una publicación del Soho y no me acuerdo qué otras más). ¿Cómo está tu viejo? Mandale un abrazo. La semana pasada te llamé pero tu mamá me dijo que estabas yendo pocas veces a dormir allá ¿en qué andás? El otro día me cruce a un tipo, dueño de un launchonette (es una especie de fonda estilo yanqui) y me dijo que acá es muy fácil conseguir trabajo de “cocinera” (no te enojes, ya sé que se dice “Chef”). Hay que irse de querida, de lejos, todo parece un circo. Te juro que ves bien claro cómo se va todo a pique. Hace diez años estábamos en una guerra que era una verdadera una payasada y ahora miro la televisión y no puedo creer lo que veo… qué contarte que no sepas. ¿Cómo estará todo en 10 años más? ¿Cómo será el 2002? ¿Y el 2012? Mejor verlo de lejos, creo yo. La patria, como la mayoría de los amores, cuando no se hace cotidiana se hace perdón y querencia.
Bueno, qué se yo. Escribime, contame cómo andás. O si no, veníte. Además del trabajo tengo otras dos buenas razones para tentarte: conseguí un departamento enorme y tengo un amigo para presentarte. Serguei, un ruso que vivió en Italia durante años. También pintor, un tipo fantástico. Bigote manubrio, finito, pelado, corte de hombre musculoso de la década del ¿20? No sé pero muy simpático. Cuando le dije que te encantaba el personaje de Ivan Illich y que también sabías cocinar pasta asciuta casi se toma el avión para ir a buscarte (después de ver tu foto, esa en la que tenés el vestido negro largo y el pelo atado, pensó en buscarte porque tenés “los labios redondos como sólo las mujeres que besan bien los tienen”, sic de Serguei… no te podés quejar. ¡Un poeta!). Qué se yo. Imaginé que te gustaría. Y anda un poco solo. Ya no sé qué parte imagino y qué parte es real.
Espero que alguna vez se produzca el milagro.
Un beso en la frente
Hernán
Pd: Y no me digas que no querés más “artistoides” porque te encantan”
Así fue. Cuando parecía que yo ya no tenía más causas ni quería a nadie, Hernán me lo trajo por carta. “Basta de artistoides con espacio para la locura y el mal menor”, le repetía. Aunque bastó que apareciese Serguei para dejarme caer en el ensueño de la que ya se prueba el traje de misericordia antes de pasar por el púlpito. Llegué pronto a Nueva York: era el año 1994, casi 1995. Y así llegué y cai rendida (Hernán siempre me conoció bien). Serguei -cosaco menor- dejó de decirme Bernarda para llamarme Santa Bernardette. Yo, por esos días, prefería ser María la de las cuentas plásticas estiradas como alambres entre los pelos, pero él, sin consuelo, me llamaba Bernardette. Beata. Apareció un domingo y me dejó acá, entre sus cosas también en otro.
Desde la escalera, Hernán me recuerda que todavía hay que descolgar sus cuadros, armar las cajas y dejar todo presentable antes de las seis. Habla de la partida, de los años de estar, del alejarse del barrio, de las ganas de volver, del cambio de los tiempos... me salvé de la virgen de Luján porque nunca le interesaron los santos ni las promesas. Hernán se vuelve. Me mira con gallitos verdes en las pupilas. Envalentonado con los ojos.
— Me preocupa cómo vas a estar. Digo, ahora que me voy.
Se calla, ve que no le da resultado y arremete con franqueza barata y psicoanalítica.
- Tu problema... -garganta que se aclara-, blah, blah y blah.
Hernán, con discurso de calesita, ni se te ocurra empezar con el revisionismo retórico del qué será de haber sido. No me sirve. Llamarme Bernardette y no Ana Pavlova o Fausta es mi actual problema.
Esta casa tuya me lo trae. Una aparición de domingo, un engendro dominical. El cuadro entre las manos, las palmas con grietas y el acento-vozarrón.
- Es imposible salir del círculo, Bernardita-, me dijiste. Y llevaste la olla de puchero a la mesa. Hernán se relamía de verme estirando los brazos para alcanzar la sal mientras con la mano le rozaba el cuello a su amigo. A cada movimiento le correspondía un comentario hilarante que me petrificaba. Hernán era cómplice. Si hasta lo había preparado a mis espaldas con esa miserable necesidad de filo-hermano que quiere verme feliz.
- Amigo tuyo tenía que ser, otro luchador de brocha fina.
- Amiga tuya tenía que ser, para ser una mujer de ojos grandes arrastrada por el viento norte.
Hernancito me entregó como quien deja una encomienda después de pasearla bajo el brazo por todas las avenidas y de cuidarla de la lluvia y las centellas. Me llevó de mí hacia él, sólo por hacerme feliz. Tres.
Hernán se levantó de la silla, dio vueltas unos minutos y decidió salir sin decir nada. Serguei me miraba y yo, nerviosa, seguía salando el plato que ya estaba incomible. Me descubrí escuchando una historia con infancia en Rusia, padres huyendo, estudios en Italia, el amor por la pintura y la sensación de ser un paria.
- De andar sin vida más que con la que se lleva en la valija.
El pintaba el mundo porque desde algún rincón hay que hacer algo con los fantasmas que se cuelan entre el aire. Padres muertos, de coincidencias dispares. La sal seguía cayendo sin razón. Estaba nerviosa, sí. Estaba sola y yo también me sentía paria. Le hablé de un limonero que mi viejo había plantado en la puerta de la casa de la calle Ramsay. Estábamos solos como los que no pudieron quedarse a ver si el árbol llegaba a la marca de la pared.
- Vos sabés... dejar la casa, dejar el barrio.
Los brazos de mi padre, le miré los brazos. Nos escuchábamos la historia. Hernán volvió. Habían pasado 3 horas. Serguei me seguía mirando. Lo acompañé a la puerta. Y arremetió con un beso. Estando aquí, dejando allá. Era un hombre de sentirse y verse solo. El y yo éramos eso. Volví a entrar y mi compañero de casa, Hernancito bonaerense, me hizo un guiño como si hubiese cumplido su tarea. Estaba feliz, tal vez más que yo. No le importaba que la época en la cual habíamos sido dos-unidos-por-calor-de-pampa, con algunas señoritas muy suyas de ir y venir, no fuese a regresar. Según su versión, mientras él cortaba breteles, a mí me hacía falta el trazo de su amigo al que tanto le había hablado de mi desde la primera vez que me vio en una foto hecha en la Capital Federal de la República Argentina (a Serguei le gustaba llamarla así como si sonase casi de Europa del Este). Después de la cena llegaron los tiempos desesperados. Nos besamos mil veces más.
Y nos quedamos.
Y enloquecimos.
Y la ópera sonaba en la casa.
Y Serguei cantaba.
Y pintaba.
Y yo sentía que, aunque sea de a ratitos, era feliz.
Felices éramos.
Cuando quise darme cuenta, toda mi cara, con ojos incluidos, estaba estampada entre bastidores y tachos con agua que con la opereta del pintor llegaba a despertar a los vecinos.
Nos quedamos mirándonos a los ojos. E hicimos una cita para la hora del té de la semana siguiente. Tres entonces. Serguei, que desde el primer día llevaba la marca de la desesperanza, era un semi hombre tendido en un cuerpo que hacía tiempo había dejado de pertenecerle. Como una premonición del final, en el comienzo también hubo un cortejo de semanas y un ahogo mio cuando no quería escucharlo. Con escapadas a los parques.
Me negué por un tiempo cambiar el escenario de su casa por el del taller-galería de la calle Prince. Tenía miedo de encontrarme con el silencio y no saber qué hacer. Cambió de galería y nos quedó el amor. Amor de hacer fricción contra los días para dejarse estar, para conocerse entre las sombras. De explosiones por meternos debajo de la piel ajena-propia para buscar calor y ser felices. Amor, amor, amor.
Amor de color ciénaga y tormenta bien negra.
Hernán sigue colgado de la escalera y parece mentira que así sea la última imagen que quiere que guarde de él. No puedo creer que se vaya. ¿Para completar este triángulo, yo también debería irme? Es casi el año 2000, faltan dos para ver qué pasa en el eterno retorno.
Fuimos entonces tres más uno, más varios inestables.
Serguei deambulaba por la casa buscando no sé qué pálida textura para darle una colorida fiesta de bienvenida a su único amigo del viejo mundo. Éramos como la familia Telerín: con vocecitas de pito y vestiditos rojos a lunares blancos.
Tres idiotas riendo de las horas. Hernán el curador y yo ojos que sólo miran a Serguei, que deambula como un poseso de delantal manchado, con sus ansias de llamar mi atención. Su amigo estaba llegando tres horas tarde pero directamente desde el Foro, con el Coliseo a cuestas y la Piazza Navona colgada de una oreja. Habían sido estudiantes de arte, compañeros del marchito rumbo de estar solos. “César quería ser actor... y lo logró. Ahora también viene a Nueva York para quedarse”, decía Serguei con tono emotivo por el reencuentro. El fastidio de pensar que ese histrión intruso iba a quitarnos nuestro triángulo perfecto me hacía verlo actor de merengue, empalagoso y lento como cuando, derretido, cae. Jamás imaginé que podría transformar mi mala gana de recibirlo.
Serguei no lo sabía, pero al final de ese día dejaría de ser feliz.
¿Yo acaso lo sabía?
Era 1996. Hacia casi dos años que éramos un amor infinito.
Hernán descuelga el último cuadro, corre el cierre de la valija y habla:
- Vamos a tomar el último trago -me dice con letra de tango cuando cierra por anteúltima vez la puerta de su casa aquí en el norte.
Tengo el recuerdo inconcluso de aquél día.
La respuesta es: yo tampoco.
Tuesday, 2 October 2007
1
Tengo una inquietud de marzo. César. Siento que es patético: yo, esperando en la oscuridad, fumando y sin dejar de pensar que me estoy convirtiendo en una mediocre por armar la escena del “final que tiene que ser final de una vez por todas”.
Son casi las diez; sé que para César la hora siempre fue una ridícula invención pero nunca llegué a acostumbrarme. Y hoy pienso lo mismo que pensaba entonces.
Tampoco nunca voy a poder olvidarme de la primera vez que apareció detrás de la puerta. Traía el ceño fruncido por el calor. Era marzo, 1997. Esta ciudad puede arquear varias cejas. Sí, Nueva York puede ser muy calurosa.
César era un recién llegado europeo y miraba todo con ojos sobradores; andaba con los brazos quietos, el bolso pesado colgado del hombro, el pie plano pegado en cada centímetro al piso.
Creo que me enamoró por llegar tarde, cuando menos se suponía que debía hacerlo. No es una de las peores paradojas de estos momentos. Aquella vez me dijo “linda” y algo más. Nunca supe cómo terminó la frase. ¿Debería decir que nunca me importó? Con el tiempo sólo hubo sillones y café. Vino el viento, nos tiramos en el parque y compramos unos libros en Rizzoli. Durante meses no hicimos más que dejar frases a medio hacer. Pero no hay forma, nada vuelve a fuerza de recordar.
Abro la alacena de la cocina, revuelvo entre papeles de diarios viejos y algunos pedazos de vajilla rota pero acá no hay nada. En ninguno de los cuatro cajones hay algo que me sirva para encender el sexto cigarrillo y para colmo, en el fondo del quinto cajón, tirado al olvido aparece un ridículo traje de baño de goma que alguna vez fue de César y que también le regalé yo. César decía que el traje de goma negra, el “bañador de hule”, como le decía él, era un boomerang, un objeto de esos que uno saca del medio y vuelven a aparecer solos. Ahora soy yo la que tiene que cargar con su extraña predicción.
Debe estar perdido en el subte. No llega, no hay fósforos y algo gotea. La famosa canilla del baño que jamás arreglamos. Lo espero.
Me hago trencitas en el pelo, me quedan algunos mechones, las termino y las deshago. Me peino frente al vidrio que refleja poco. Siento algo de espanto, algo suyo y seguramente también mío.
Me vuelvo a asomar a la ventana. Debería escaparme, sentir que ya no vale la pena decir nada. Debería dejar de pensar, no esperarlo.
--Es como si odiases llegar al final de la obra. Aunque sea por esta vez quedate ---reclamó César ayer por teléfono.
Odio interrumpir a la memoria pero César, con su sentido impúdico de la inoportunidad, abre la puerta. Llegó. No dice nada.
El cigarrillo sin prender voló de mi dedo para aterrizar cerca del zócalo y ahí me quedé yo también con la mirada clavada. ¿Se supone que a partir de ahora hay un final?
Está quieto, inmóvil. Anda desafiándome. Lo conozco. No quiere que me pierda la escena de su aparición. “No quiero jugar a ver quién aguanta más o a que se me llenen los ojos de lágrimas por no querer pestañear y dar el brazo a torcer”, pienso todo junto y casi sin respirar pero no digo nada.
Levanto los ojos y lo veo contra el marco de la puerta de entrada, la puerta de par en par, abierta. El pelo a medio atar, sucio de días, la camisa hecha jirones llena de birome y los ojos tan celestes que dan ganas de volárselos por el aire para que por una maldita vez parpadee al verme. El sigue parado en el hall de entrada y creo que el único consejo que puedo darle es: “ahora no esperes que sea yo la que hable”. Pero no digo nada, tampoco sé si lo pienso.
Hernán diría que estoy loca, que cada vez que lo veo vuelvo a cambiar de idea, que somos dos desgraciados, que todo es altamente imposible. Nunca tengo respuestas. No sé qué decirle a nadie, no encuentro el minuto exacto en el que él-demonio, logra borrar todos los cargos para pasar a ser simplemente “un tonto”.
“¿Pensás quedarte parado ahí?”, pienso sin abrir la boca. Sabe lo que pienso.
El pelo a medio atar.
La camisa arrugada, medio abierta.
El saco de lana en la mano derecha, apretado contra las grietas de su mano siempre calentita. Algo rústica.
Se le cae el saco de la mano. Sigue ahí parado y marzo se me va de la sangre y es abril que para Eliot era el mes más cruel pero para mi pasa a ser un estado espléndido de desesperada incertidumbre.
En este momento correría estos pocos metros que nos separan para besarle el pasado y las angustias que le pesan en la cara, en la boca. ¿Cómo es posible que vuelva a creer?
Me mira y de repente creo que lo único que falta es que pregunte: ¿Existe alguna forma, por más remota que sea, de salvar lo nuestro?, pero Almodovar estuvo por ponerle ese nombre a una película y a él todo lo que sea español, salvando a sus amigos, le importa poco y le parece “hortera”.
Pone una mueca ¿Cuánto habrá pasado desde que llegó? Sin cigarrillos no sé medir el tiempo pero sé que hace meses que no poníamos nuestros pares de pies sobre el piso de laja de este departamento que la señora Filguer se encargó de recalcarnos desde el primer día que no era nuestro en especial cada vez que venía a cobrar el alquiler.
Ahí parado, con sus labios que no dicen nada, ya me está desafiando. César, paladín de toda injusticia, justo cuando el mundo se me está volviendo justo, vos solamente pensás en salvarme.
“Aunque vos te saques la memoria como un kamikaze, tenés que recordar que tu error es pensar que el eterno retorno es posible por pura repetición”. Jamás podría decirle todo eso. Se reiría a carcajadas y más que nunca creería que estoy intentando enamorarme. Que la frase es demasiado larga y que estoy pensando mucho. Me mira como si hubiese dicho lo-que-no-dije-para-que-no-piense.
Si esto no fuese un tercer piso diría que el subterráneo está pasando por debajo de nuestros pies. Como parte de una pésima combinación sé que va a hacerlo.
- Extraño estas paredes -, balbucea.
Lo hizo. Es peligroso. Yo ya sueño con que en los próximos diez segundos me invite a bailar en el centro del cuarto para decirme que soy increíble; que me extraña, que hasta la comida tiene otro gusto cuando come solo. Pero sólo repitió: “Extraño las paredes”.
Pensé en contestarle que podría construírselas en medio de la nada, que eran ordinarias, comunes y encima blancas, pero extrañar se confunde con perder. Mejor no digo nada.
El me sigue. Tengo la sensación de que es tarde. No quiero pensar más. Me agarra de los hombros. De espaldas. Creo que pasó un buen rato, la obra de “los desencajados que desde hace un par de horas no dejan de mirarse” duró demasido. ¿Será que nos estaremos deseando un par de cosas? El tiempo parece estar probando nuestro temple. Siento que lo quiero, que estoy a punto de creer. Y por eso abro la boca.
- Acá ya no queda nada. Ni siquiera algo para hacer café.
Son casi las diez; sé que para César la hora siempre fue una ridícula invención pero nunca llegué a acostumbrarme. Y hoy pienso lo mismo que pensaba entonces.
Tampoco nunca voy a poder olvidarme de la primera vez que apareció detrás de la puerta. Traía el ceño fruncido por el calor. Era marzo, 1997. Esta ciudad puede arquear varias cejas. Sí, Nueva York puede ser muy calurosa.
César era un recién llegado europeo y miraba todo con ojos sobradores; andaba con los brazos quietos, el bolso pesado colgado del hombro, el pie plano pegado en cada centímetro al piso.
Creo que me enamoró por llegar tarde, cuando menos se suponía que debía hacerlo. No es una de las peores paradojas de estos momentos. Aquella vez me dijo “linda” y algo más. Nunca supe cómo terminó la frase. ¿Debería decir que nunca me importó? Con el tiempo sólo hubo sillones y café. Vino el viento, nos tiramos en el parque y compramos unos libros en Rizzoli. Durante meses no hicimos más que dejar frases a medio hacer. Pero no hay forma, nada vuelve a fuerza de recordar.
Abro la alacena de la cocina, revuelvo entre papeles de diarios viejos y algunos pedazos de vajilla rota pero acá no hay nada. En ninguno de los cuatro cajones hay algo que me sirva para encender el sexto cigarrillo y para colmo, en el fondo del quinto cajón, tirado al olvido aparece un ridículo traje de baño de goma que alguna vez fue de César y que también le regalé yo. César decía que el traje de goma negra, el “bañador de hule”, como le decía él, era un boomerang, un objeto de esos que uno saca del medio y vuelven a aparecer solos. Ahora soy yo la que tiene que cargar con su extraña predicción.
Debe estar perdido en el subte. No llega, no hay fósforos y algo gotea. La famosa canilla del baño que jamás arreglamos. Lo espero.
Me hago trencitas en el pelo, me quedan algunos mechones, las termino y las deshago. Me peino frente al vidrio que refleja poco. Siento algo de espanto, algo suyo y seguramente también mío.
Me vuelvo a asomar a la ventana. Debería escaparme, sentir que ya no vale la pena decir nada. Debería dejar de pensar, no esperarlo.
--Es como si odiases llegar al final de la obra. Aunque sea por esta vez quedate ---reclamó César ayer por teléfono.
Odio interrumpir a la memoria pero César, con su sentido impúdico de la inoportunidad, abre la puerta. Llegó. No dice nada.
El cigarrillo sin prender voló de mi dedo para aterrizar cerca del zócalo y ahí me quedé yo también con la mirada clavada. ¿Se supone que a partir de ahora hay un final?
Está quieto, inmóvil. Anda desafiándome. Lo conozco. No quiere que me pierda la escena de su aparición. “No quiero jugar a ver quién aguanta más o a que se me llenen los ojos de lágrimas por no querer pestañear y dar el brazo a torcer”, pienso todo junto y casi sin respirar pero no digo nada.
Levanto los ojos y lo veo contra el marco de la puerta de entrada, la puerta de par en par, abierta. El pelo a medio atar, sucio de días, la camisa hecha jirones llena de birome y los ojos tan celestes que dan ganas de volárselos por el aire para que por una maldita vez parpadee al verme. El sigue parado en el hall de entrada y creo que el único consejo que puedo darle es: “ahora no esperes que sea yo la que hable”. Pero no digo nada, tampoco sé si lo pienso.
Hernán diría que estoy loca, que cada vez que lo veo vuelvo a cambiar de idea, que somos dos desgraciados, que todo es altamente imposible. Nunca tengo respuestas. No sé qué decirle a nadie, no encuentro el minuto exacto en el que él-demonio, logra borrar todos los cargos para pasar a ser simplemente “un tonto”.
“¿Pensás quedarte parado ahí?”, pienso sin abrir la boca. Sabe lo que pienso.
El pelo a medio atar.
La camisa arrugada, medio abierta.
El saco de lana en la mano derecha, apretado contra las grietas de su mano siempre calentita. Algo rústica.
Se le cae el saco de la mano. Sigue ahí parado y marzo se me va de la sangre y es abril que para Eliot era el mes más cruel pero para mi pasa a ser un estado espléndido de desesperada incertidumbre.
En este momento correría estos pocos metros que nos separan para besarle el pasado y las angustias que le pesan en la cara, en la boca. ¿Cómo es posible que vuelva a creer?
Me mira y de repente creo que lo único que falta es que pregunte: ¿Existe alguna forma, por más remota que sea, de salvar lo nuestro?, pero Almodovar estuvo por ponerle ese nombre a una película y a él todo lo que sea español, salvando a sus amigos, le importa poco y le parece “hortera”.
Pone una mueca ¿Cuánto habrá pasado desde que llegó? Sin cigarrillos no sé medir el tiempo pero sé que hace meses que no poníamos nuestros pares de pies sobre el piso de laja de este departamento que la señora Filguer se encargó de recalcarnos desde el primer día que no era nuestro en especial cada vez que venía a cobrar el alquiler.
Ahí parado, con sus labios que no dicen nada, ya me está desafiando. César, paladín de toda injusticia, justo cuando el mundo se me está volviendo justo, vos solamente pensás en salvarme.
“Aunque vos te saques la memoria como un kamikaze, tenés que recordar que tu error es pensar que el eterno retorno es posible por pura repetición”. Jamás podría decirle todo eso. Se reiría a carcajadas y más que nunca creería que estoy intentando enamorarme. Que la frase es demasiado larga y que estoy pensando mucho. Me mira como si hubiese dicho lo-que-no-dije-para-que-no-piense.
Si esto no fuese un tercer piso diría que el subterráneo está pasando por debajo de nuestros pies. Como parte de una pésima combinación sé que va a hacerlo.
- Extraño estas paredes -, balbucea.
Lo hizo. Es peligroso. Yo ya sueño con que en los próximos diez segundos me invite a bailar en el centro del cuarto para decirme que soy increíble; que me extraña, que hasta la comida tiene otro gusto cuando come solo. Pero sólo repitió: “Extraño las paredes”.
Pensé en contestarle que podría construírselas en medio de la nada, que eran ordinarias, comunes y encima blancas, pero extrañar se confunde con perder. Mejor no digo nada.
El me sigue. Tengo la sensación de que es tarde. No quiero pensar más. Me agarra de los hombros. De espaldas. Creo que pasó un buen rato, la obra de “los desencajados que desde hace un par de horas no dejan de mirarse” duró demasido. ¿Será que nos estaremos deseando un par de cosas? El tiempo parece estar probando nuestro temple. Siento que lo quiero, que estoy a punto de creer. Y por eso abro la boca.
- Acá ya no queda nada. Ni siquiera algo para hacer café.
Saturday, 29 September 2007
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