Llegué a la casa de Hernán arrastrando un bolso incómodo. Incómodo incluso para él que me veía cargarlo peldaño sobre peldaño con las ruedas pegando contra el piso. Yo iba mirando hacia arriba, él sonriendo y ya saludando a un piso de llegar. Hacía unos dos años que no nos veíamos pero, aunque nadie lo hubiese podido adelantar, el abrazo fue de tiempo congelado. Ya dentro de la casa, y más tarde durante esa primera noche, el tiempo intermedio, ese tiempo en que Hernán y yo pasamos la vida en distintos lugares geográficos, parecía haberse ido del todo: éramos los mismos aunque no fuéramos los mismos.
- Bernarda.
- Bernardaaaaaa, un grito.
Me despertó.
Me llamaba desde su cuarto.
Al principio había incorporado su grito a mi sueño.
De la nada, como suele suceder en los sueños, él había aparecido en una ventana (estaba soñando algo en una calle de Buenos Aires). Una ventana y él gritando desde allí.
- Bernardaaaaa.
Me desperté y el que gritaba era él, desde el cuarto de al lado. Me levanté sin esfuerzo y sin saber tampoco qué era lo que quería. Arrastré los pies por el pasillo y llegué hasta la puerta del dormitorio.
- ¿Qué te pasa?, le dije desde el umbral.
- Tengo fiebre, creo. Estoy enfermo.
No sabía si hablaba en serio pero cuando entre al cuarto, oscuro, las ventanas cerradas, lo vi inmóvil, tirado con los ojos cerrados. Le puse la mano en la frente y luego le tomé la temperatura: tenía 39 grados.
- ¿Cuánto es lo normal?, preguntó asustado como un chico (los hombres parecen condenados a que les digan, en especial cuando están enfermos, que son como chicos, que actúan como chicos). Le dije que lo normal era 36,5, más o menos. Se asustó aún más. Le llevé un paño frío y cuando estaba por cerrar la puerta y disponerme a llamar al médico, él me agarró de la mano como si tratase de retenerme y, con voz de enfermo de gripe, de niño débil, me dijo casi en un susurro:
- ¿Ves? Serías una muy buena madre.
Me solté como pude y salí. Cerré la puerta detrás de mí y pensé que si la escena hubiese transcurrido en inglés mi línea sería, con la puerta cerrada a mis espaldas y en voz baja, algo como
- Give me a break
Eran las seis de la mañana y yo era una recién llegada.
Wednesday, 31 October 2007
Sunday, 28 October 2007
14
“¿Cuándo es que un hombre empieza a odiarte?”, preguntó Laurita, ella siempre tomaba notas de los pesares ajenos para asegurarse de que, cuando estuviesen a punto de sucederle a ella, iba a estar alerta. En realidad, no sé si preguntó cómo era eso de que, de repente, sin avisos previos (o al menos sin que uno hubiese tomado nota), un hombre podía empezar a odiarte. O si dio por sentado que, no importa cómo sucedan las cosas, existe un riesgo importante de odiar al otro y quiso saber cómo era la cosa.
“Si es así es porque en realidad nunca te amó”, le aclaró Silvia, nuestra amiga en común y una chica siempre dispuesta a lanzar expresiones cursis. “Eso de la vía endeble entre el amor y el odio es una excusa”, dijo. Nada brillante y siguió comiéndose las uñas. Martes feriado por la tarde. Tres mujeres sentadas bajo la misma lámpara, como en fila india, en el piso de la casa de Silvia, la visitadora médica, la que siempre tiene novios aburridos a la que de ninguna manera odian sino que pasan de ella con la más absoluta indiferencia. "Les juro que hay un momento. Certero, preciso, en el que eso sucede. No sé. Creo que comprobé esa teoría con Hernán. Por supuesto, ahora creo que lo aprendí justo cuando se fue”, dijo Laurita. Pensé que podía decir, yo estaba ahí para contar otra cosa. “No, no es odio. No hay un momento en el que te odian. Uno se va. Ellos, nosotras”, dijo Silvia. Hizo una pausa y, como si se tratase de un intento por acercarnos a una sesión de autoayuda, añadió: "Igual creó que los hombres siempre vuelven. Aunque lo hagan borrachos". Las dos se rieron. "Me voy a vivir a Nueva York, prometo preguntarle a Hernán qué es lo que pasó". Me miraron. No dije nada más. Siempre fui una mujer un poco fría.
Sí, ya sé que es eso lo que pensaron.
“Si es así es porque en realidad nunca te amó”, le aclaró Silvia, nuestra amiga en común y una chica siempre dispuesta a lanzar expresiones cursis. “Eso de la vía endeble entre el amor y el odio es una excusa”, dijo. Nada brillante y siguió comiéndose las uñas. Martes feriado por la tarde. Tres mujeres sentadas bajo la misma lámpara, como en fila india, en el piso de la casa de Silvia, la visitadora médica, la que siempre tiene novios aburridos a la que de ninguna manera odian sino que pasan de ella con la más absoluta indiferencia. "Les juro que hay un momento. Certero, preciso, en el que eso sucede. No sé. Creo que comprobé esa teoría con Hernán. Por supuesto, ahora creo que lo aprendí justo cuando se fue”, dijo Laurita. Pensé que podía decir, yo estaba ahí para contar otra cosa. “No, no es odio. No hay un momento en el que te odian. Uno se va. Ellos, nosotras”, dijo Silvia. Hizo una pausa y, como si se tratase de un intento por acercarnos a una sesión de autoayuda, añadió: "Igual creó que los hombres siempre vuelven. Aunque lo hagan borrachos". Las dos se rieron. "Me voy a vivir a Nueva York, prometo preguntarle a Hernán qué es lo que pasó". Me miraron. No dije nada más. Siempre fui una mujer un poco fría.
Sí, ya sé que es eso lo que pensaron.
13
¿Cómo empieza un amor? ¿Se sabe cuándo? Eso pensaba yo en los días en que Serguei me pedía que lo visitara en su taller al norte de la calle Houston. Yo llegaba presta, aún adaptandome a la ciudad, con poco que hacer; con una canasta de mimbre con comida, algunas frutas. Me sentaba en uno de los tachos de pintura que, ya vacío, hacía de improvisada silla. La música a todo volumen, y el cosaco pintando. Me gustaba mirarlo por horas. Casi no hablábamos. El pintando, yo mirando. Cada tanto, se levantaba a limpiar algún pincel o a otear el enorme lienzo desde lejos y me pasaba cerca. Con la mano me tocaba la cabeza o me sonreía. Yo lo seguía mirando con los ojos más redondos que nunca.
- Pareces una muñeca oriental -,me dijo un día.
No sabía si lo decía por lo redondo de mis ojos fijos y oscuros o por la sumisión con la que lo visitaba. Pero tampoco le dije nada. Sonreí, me dejé tocar otra vez. Y vuelta a sentarse de espaldas a mi, vuelta a girar la cabeza y sonreirme. Y vuelta.
Era tan tierno en ese cuerpo gigante. Tan cautivador, tan cálido. Yo me preguntaba cada diez minutos si ahi estaba el amor, si el amor estaba comenzando. Cuando dejé de preguntármelo comencé a mover el tacho de pintura cada vez más cerca suyo hasta llegar a sentarme detrás de su espalda desnuda.
Me dieron ganas de olerlo.
Sin camisa.
En verano. Tenía un olor fuerte y rancio. Mezcla del aguarrás y el sudor. El no hizo nada pero me dejó hacer. La mezcla del olor era rara pero el tacto lo mejoró con creces, le pasé las manos por la panza, por el pecho (ni tuvo ni un sólo atisbo de modificar la forma ni los músculos). Finalmente apoyé la cabeza en su espalda y me quedé ahí, con las manos alrededor de su cintura, cayendo casi entre sus piernas. Y cuando estaba recostada fue cuando me agarró una mano y me puso el pincel entre los dedos. Muy firme me guió hasta el lienzo y me dejó darle el último toque a un cuadro que al día siguiente venían a buscar para su nueva muestra. Era un pincel grueso y lo movió con mi mano de abajo hacia arriba por casi un metro (con la otra mano me tenía que sostener como un Koala sobre su espalda). Fue un trazo azul eléctrico. Extenso. Intenso. Al llegar al borde del bastidor, me bajó hasta apoyar mis pies en el piso. Recién entonces se dió la vuelta y me miró. Me quitó el pelo de la cara. Y me acostó en el piso. Podría decirse que ese es el recuerdo que tengo de que nuestro amor había empezado. En ese momento dejé de preguntármelo y me lo dije en voz baja a mi misma. El diría, tiempo después, que el comienzo fue mucho antes. Pero eso es tema de otro recuerdo.
- Pareces una muñeca oriental -,me dijo un día.
No sabía si lo decía por lo redondo de mis ojos fijos y oscuros o por la sumisión con la que lo visitaba. Pero tampoco le dije nada. Sonreí, me dejé tocar otra vez. Y vuelta a sentarse de espaldas a mi, vuelta a girar la cabeza y sonreirme. Y vuelta.
Era tan tierno en ese cuerpo gigante. Tan cautivador, tan cálido. Yo me preguntaba cada diez minutos si ahi estaba el amor, si el amor estaba comenzando. Cuando dejé de preguntármelo comencé a mover el tacho de pintura cada vez más cerca suyo hasta llegar a sentarme detrás de su espalda desnuda.
Me dieron ganas de olerlo.
Sin camisa.
En verano. Tenía un olor fuerte y rancio. Mezcla del aguarrás y el sudor. El no hizo nada pero me dejó hacer. La mezcla del olor era rara pero el tacto lo mejoró con creces, le pasé las manos por la panza, por el pecho (ni tuvo ni un sólo atisbo de modificar la forma ni los músculos). Finalmente apoyé la cabeza en su espalda y me quedé ahí, con las manos alrededor de su cintura, cayendo casi entre sus piernas. Y cuando estaba recostada fue cuando me agarró una mano y me puso el pincel entre los dedos. Muy firme me guió hasta el lienzo y me dejó darle el último toque a un cuadro que al día siguiente venían a buscar para su nueva muestra. Era un pincel grueso y lo movió con mi mano de abajo hacia arriba por casi un metro (con la otra mano me tenía que sostener como un Koala sobre su espalda). Fue un trazo azul eléctrico. Extenso. Intenso. Al llegar al borde del bastidor, me bajó hasta apoyar mis pies en el piso. Recién entonces se dió la vuelta y me miró. Me quitó el pelo de la cara. Y me acostó en el piso. Podría decirse que ese es el recuerdo que tengo de que nuestro amor había empezado. En ese momento dejé de preguntármelo y me lo dije en voz baja a mi misma. El diría, tiempo después, que el comienzo fue mucho antes. Pero eso es tema de otro recuerdo.
Monday, 22 October 2007
12
A cajón cerrado como mi garganta lacerada. Sin vista de rayos X en un velorio donde los pelos son míos. La calle llena de gente y cinco gatos locos alrededor de esta tumba. Cosaquito, te arrancaste el pulso. Pienso.
Hernán traía café, pañuelos, cera caliente y así, otra escena conocida transcurría pero esta vez, la maravillosa mujer era yo.
Pienso en la serenata que no terminamos. Una silla quedó revolviendo el aire del lugar donde pintabas. Las manos gruesas de escarbar la tierra y yo que no pude liberar el estigma de ser Bernarda. Ya no beata.
Mi padre era el único hombre de este mundo que contaba hasta diez sin sacar la vista de la casa. Llegaba a besar hasta los muebles y se quedaba sonriendo. Mi hermano Juan había salido acústico. Enredado entre espigas quedó el pobrecito sin enamorarse siquiera de su profesor de canto. Fueron los consejos de mi madre los que hicieron de su vida un serruchador de posibles actos. Hacía esfuerzos por trabarse, entrar, y sus amigos se le escapaban. Y mi madre los volvía a llevar al club y como un tentempié Juancito sudaba de espaldas.
Huyendo del follón, cohete de plastilina.
Juan sin tierra también empezó a quedar varado por el espacio extraterreno. Ya no había padre que consumara el odio y Juan cargaba con la tregua. Y así quedaron, mi madre y Juan, unidos por el filo de una navaja bastante descolorida y oxidada. El primogénito de una familia que escapó de la tierra para meterse como oruga, salir a ver si llueve, volver a comer naranjas y escuchar la risa de mi viejo.
- Decí algo, nena.
Y fue entonces cuando conocí que el mundo pedía demasiado a mi tozudez de ser sirena que no suena pero gorgotea. Un padre muerto. Eran tres los féretros colgando del brazo de unos parientes que bien podrían haber pertenecido a cualquier tipo de escena de una película de la mafia. Con letras doradas casi de escritura cuneiforme iba el ataúd de mi padre, detrás el otro y uno más. Juan y Bernarda, muertos el mismo día con tal de no quedar a la buena de mi madre. Ella era mujer de velorios no ir. No fue. Juan y yo. Quedamos mudos, silenciosos de llorar a rajatablas, de gritarle al cielo que era una vergüenza. Ella se pintaba las uñas, el pelo, la máscara. El arquetipo perfecto de la crueldad sin el insignificante gesto que pudiese sobrevivirla.
Con costumbres diferentes tengo que sobrellevar un velorio, aquí. Es domingo y yo, Sergei que te miro a través de la madera, te busco. Quisiera ponerte una ópera para ver cómo te las arreglás para no salir vivo de allí dentro. Hay un previsible silencio y no sé cómo pero ya empiezo a recordarte. Y ya no quiero ser más La Callas.
Hernán traía café, pañuelos, cera caliente y así, otra escena conocida transcurría pero esta vez, la maravillosa mujer era yo.
Pienso en la serenata que no terminamos. Una silla quedó revolviendo el aire del lugar donde pintabas. Las manos gruesas de escarbar la tierra y yo que no pude liberar el estigma de ser Bernarda. Ya no beata.
Mi padre era el único hombre de este mundo que contaba hasta diez sin sacar la vista de la casa. Llegaba a besar hasta los muebles y se quedaba sonriendo. Mi hermano Juan había salido acústico. Enredado entre espigas quedó el pobrecito sin enamorarse siquiera de su profesor de canto. Fueron los consejos de mi madre los que hicieron de su vida un serruchador de posibles actos. Hacía esfuerzos por trabarse, entrar, y sus amigos se le escapaban. Y mi madre los volvía a llevar al club y como un tentempié Juancito sudaba de espaldas.
Huyendo del follón, cohete de plastilina.
Juan sin tierra también empezó a quedar varado por el espacio extraterreno. Ya no había padre que consumara el odio y Juan cargaba con la tregua. Y así quedaron, mi madre y Juan, unidos por el filo de una navaja bastante descolorida y oxidada. El primogénito de una familia que escapó de la tierra para meterse como oruga, salir a ver si llueve, volver a comer naranjas y escuchar la risa de mi viejo.
- Decí algo, nena.
Y fue entonces cuando conocí que el mundo pedía demasiado a mi tozudez de ser sirena que no suena pero gorgotea. Un padre muerto. Eran tres los féretros colgando del brazo de unos parientes que bien podrían haber pertenecido a cualquier tipo de escena de una película de la mafia. Con letras doradas casi de escritura cuneiforme iba el ataúd de mi padre, detrás el otro y uno más. Juan y Bernarda, muertos el mismo día con tal de no quedar a la buena de mi madre. Ella era mujer de velorios no ir. No fue. Juan y yo. Quedamos mudos, silenciosos de llorar a rajatablas, de gritarle al cielo que era una vergüenza. Ella se pintaba las uñas, el pelo, la máscara. El arquetipo perfecto de la crueldad sin el insignificante gesto que pudiese sobrevivirla.
Con costumbres diferentes tengo que sobrellevar un velorio, aquí. Es domingo y yo, Sergei que te miro a través de la madera, te busco. Quisiera ponerte una ópera para ver cómo te las arreglás para no salir vivo de allí dentro. Hay un previsible silencio y no sé cómo pero ya empiezo a recordarte. Y ya no quiero ser más La Callas.
11
El agua llega hasta el pasillo cuando la ópera estalla a un volumen extremo.
- ¿Serge?
Grito por la casa y Plácido por un parlante. Decapitado de raíz. Stop. El agua y la pintura cuelgan del piso. Vaya uno a saber en qué celda entraste esta vez, colorista de aguarrás.
Tu mameluco tirado, tus pantuflas paradas en la puerta y yo que no te encuentro.
Los lienzos rotos de tu último ataque nocturno por mi tardanza me ojean la espalda. Se me caen los papeles de la mano. Miro nuestros huecos de cuando éramos sólo felices y entrevero la última escena del parque. No podía mentirte y vos me confrontaste con la polaroid saliendo del departamento de Filguer.
Todo hecho pedazos mientras llovía espeso de azul y verde y yo no pude prometerte nada porque no quise hacerlo. Vos sos mi sonido y allí está la desgracia de la campanada que sonó hace media hora y dejó un hilito de voz.
Él es mi paso con pie de franela y ahí estás vos con mi alegría de opereta, mi allegro vivace de cuerdas vocales. Tres. No puede ser que no pueda ser.
Saliste furioso y la calle te recibió violeta.
Gritabas desde la esquina. Te escuché y me fui a dormir.
Salí y ahora he vuelto.
¿Dónde estás, carajo?
El agua corre desde todos los zócalos. El baño entreabierto, la puerta gris, la pátina de mi amor y el tuyo.
Tu brazo que cuelga de la bañera y el agua que se volvió roja.
Tus ojos que no miran, tu voz quedó atrapada en los hilos finales de este domingo.
Sergei. Grité. Por primera vez en años grité desesperada de no volver a escucharte. Inerte, desnudo, te ibas por los tubos de esta ciudad.
Te abrace con piedad, te abrazo.
¿Cómo te hice? Tarde sin tiempo.
Es domingo, te vas, me dejás, me silenciás.
No me dejes.
Las manos astilladas de frotarte para reavivarte el color se resbalan, chapoteo entre tu pintura natural, me tiro sobre tu cuerpo y el agua que se divide cuando el mundo se cierne sobre mi mundo.
¿Quién va a darme sonido?
Decí algo.
Vos que me enseñaste que la voz se levanta cuando uno se retuerce inventá la manera y decí algo.
No sé cuantas horas pasaron pero tu sangre se secó entre mi ropa. Te saca un paramédico cuando Hernán me lleva con paso de aquí viene la viuda.
Venas mis venas, sangre tuya que tarde, muy tarde, fue mía.
Sigo esperando que digas algo cuando César entra con la buena espina de darme el pésame. Es solamente el verdugo de mi nueva imagen de hipócrita y mal nacida y ustedes ya me duelen.
- ¿Serge?
Grito por la casa y Plácido por un parlante. Decapitado de raíz. Stop. El agua y la pintura cuelgan del piso. Vaya uno a saber en qué celda entraste esta vez, colorista de aguarrás.
Tu mameluco tirado, tus pantuflas paradas en la puerta y yo que no te encuentro.
Los lienzos rotos de tu último ataque nocturno por mi tardanza me ojean la espalda. Se me caen los papeles de la mano. Miro nuestros huecos de cuando éramos sólo felices y entrevero la última escena del parque. No podía mentirte y vos me confrontaste con la polaroid saliendo del departamento de Filguer.
Todo hecho pedazos mientras llovía espeso de azul y verde y yo no pude prometerte nada porque no quise hacerlo. Vos sos mi sonido y allí está la desgracia de la campanada que sonó hace media hora y dejó un hilito de voz.
Él es mi paso con pie de franela y ahí estás vos con mi alegría de opereta, mi allegro vivace de cuerdas vocales. Tres. No puede ser que no pueda ser.
Saliste furioso y la calle te recibió violeta.
Gritabas desde la esquina. Te escuché y me fui a dormir.
Salí y ahora he vuelto.
¿Dónde estás, carajo?
El agua corre desde todos los zócalos. El baño entreabierto, la puerta gris, la pátina de mi amor y el tuyo.
Tu brazo que cuelga de la bañera y el agua que se volvió roja.
Tus ojos que no miran, tu voz quedó atrapada en los hilos finales de este domingo.
Sergei. Grité. Por primera vez en años grité desesperada de no volver a escucharte. Inerte, desnudo, te ibas por los tubos de esta ciudad.
Te abrace con piedad, te abrazo.
¿Cómo te hice? Tarde sin tiempo.
Es domingo, te vas, me dejás, me silenciás.
No me dejes.
Las manos astilladas de frotarte para reavivarte el color se resbalan, chapoteo entre tu pintura natural, me tiro sobre tu cuerpo y el agua que se divide cuando el mundo se cierne sobre mi mundo.
¿Quién va a darme sonido?
Decí algo.
Vos que me enseñaste que la voz se levanta cuando uno se retuerce inventá la manera y decí algo.
No sé cuantas horas pasaron pero tu sangre se secó entre mi ropa. Te saca un paramédico cuando Hernán me lleva con paso de aquí viene la viuda.
Venas mis venas, sangre tuya que tarde, muy tarde, fue mía.
Sigo esperando que digas algo cuando César entra con la buena espina de darme el pésame. Es solamente el verdugo de mi nueva imagen de hipócrita y mal nacida y ustedes ya me duelen.
Sunday, 21 October 2007
10
Ese teléfono negro nunca me había gustado. Era un pájaro de mal aguero con diez ojos en hilera curva que se tomaban el tiempo para guiñar todos juntos. Ese día sonó con gritos. Una voz extraña que tardaba en inhalar las palabras preguntó por la señora Martinez Rampoldi, también aclaró "la señora de la casa". La señora de la casa hacía días que no aparecía, pero cómo explicárselo a alguien que parecía necesitar un pulmotor para hablar.
- Soy la hija -, dije miméticamente tan ahogada como el tipo que tenía intenciones de hablar del otro lado del hilo.
- Su padre, Marcos Martinez -, trago una bocanada muy grande y exhaló-, hubiese preferido... yo soy un compañero del Instituto y vengo del hospital... fui a visitarlo, porque yo de tanto en tanto iba a verlo, ¿sabe?...
Mientras el tipo me recitaba su decálogo de sin razones, Juancito entró pálido por la puerta de casa. Agarró el teléfono y lo cortó. Se tiró al piso, y empezó a secarse las lágrimas con mil pañuelos que sacaba de sus bolsillos interminables.
Dijo lo justo y yo sólo atiné a levantarlo para llevarlo al sillón. Cuando comprendí la escena, él comenzaba a secarse las mejillas y, como quien pasa la posta, tuvo que lidiar con mi cuerpo que no quiso saber nada del sillón y eligió el piso.
El llanto caía de mis poros porque los ojos nunca alcanzan para lavar un grandolor. Mi padre, era un alquimista algo desencajado.
No habría recuperación ni rehabilitación ni estado normal.
Ni para él ni para nosotros. A la buena de la ciencia le había dedicado su vida, al mundo su desesperación por salvarlo y, a nosotros, nos guardó un rincón en su palma calentita. Su mente desarmada no pudo lidiar con el fracaso y su cuerpo fue a parar al mismo hospital psiquiátrico que eligió para abrirse los brazos pero, esta vez, desde adentro. El teléfono sonaba una vez, otra, otra. Paraba y volvía a empezar. Hasta que mi madre entró por la puerta y dijo:
- A limpiarse los ojos. Su padre no estaba nada bien y tal vez la muerte lo haya calmado... pobre hombre... un loco. Si hasta eligió matarse como sólo lo hacen las mujeres... él muy infeliz se cortó las venas.
Hubo gritos, puertas secas que se golpeaban contra el marco y muchos suelos mojados. Dos con pocas posibilidades y una sacándose unos guantes de cuero y astracán.
Abrí la ventana y grité algo imposible de traducir.
La cerré.
Mi madre seguía hablando y yo, desde ese día, juré no volver a abrir la ventana. No quería escuchar mi voz nunca más. Y, por supuesto, mucho menos la de ella.
- Soy la hija -, dije miméticamente tan ahogada como el tipo que tenía intenciones de hablar del otro lado del hilo.
- Su padre, Marcos Martinez -, trago una bocanada muy grande y exhaló-, hubiese preferido... yo soy un compañero del Instituto y vengo del hospital... fui a visitarlo, porque yo de tanto en tanto iba a verlo, ¿sabe?...
Mientras el tipo me recitaba su decálogo de sin razones, Juancito entró pálido por la puerta de casa. Agarró el teléfono y lo cortó. Se tiró al piso, y empezó a secarse las lágrimas con mil pañuelos que sacaba de sus bolsillos interminables.
Dijo lo justo y yo sólo atiné a levantarlo para llevarlo al sillón. Cuando comprendí la escena, él comenzaba a secarse las mejillas y, como quien pasa la posta, tuvo que lidiar con mi cuerpo que no quiso saber nada del sillón y eligió el piso.
El llanto caía de mis poros porque los ojos nunca alcanzan para lavar un grandolor. Mi padre, era un alquimista algo desencajado.
No habría recuperación ni rehabilitación ni estado normal.
Ni para él ni para nosotros. A la buena de la ciencia le había dedicado su vida, al mundo su desesperación por salvarlo y, a nosotros, nos guardó un rincón en su palma calentita. Su mente desarmada no pudo lidiar con el fracaso y su cuerpo fue a parar al mismo hospital psiquiátrico que eligió para abrirse los brazos pero, esta vez, desde adentro. El teléfono sonaba una vez, otra, otra. Paraba y volvía a empezar. Hasta que mi madre entró por la puerta y dijo:
- A limpiarse los ojos. Su padre no estaba nada bien y tal vez la muerte lo haya calmado... pobre hombre... un loco. Si hasta eligió matarse como sólo lo hacen las mujeres... él muy infeliz se cortó las venas.
Hubo gritos, puertas secas que se golpeaban contra el marco y muchos suelos mojados. Dos con pocas posibilidades y una sacándose unos guantes de cuero y astracán.
Abrí la ventana y grité algo imposible de traducir.
La cerré.
Mi madre seguía hablando y yo, desde ese día, juré no volver a abrir la ventana. No quería escuchar mi voz nunca más. Y, por supuesto, mucho menos la de ella.
Saturday, 20 October 2007
9
Tal vez debería haberlo hablado con él. Sentarlo y decirle: Serguei me siento seca. Me siento dejada al sol como una de tus pinturas. Ser musa no alcanza. O mejor dicho: no me alcanza. Pero ya se sabe que yo no digo nada. Guardo todo y me dejo estar.
Lo dejé estar.
Nos seguimos queriendo.
Tosca seguia sonando.
Callas. Maria. Calla.
Como suele ser en una obra de teatro: cuando un personaje se aleja es como si diera la señal perfecta para que el otro se acerque.
Complicado.
¿Por qué no acercarnos cuando estamos cerca y alejarnos cuando todo está perdido?
Eso sólo parece funcionar al comienzo.
Y ya luego nos olvidamos. Nos apoltronamos. nos acopiamos. Nos pensamos que el trabajo del amor es un trabajo cansador y preferimos cargar cajones en el puerto.
Y así fue.
El día menos pensado César comenzó a espiarme. A descifrarme. A leer las entrelineas de todo lo que no decia. A anticipar mis llantos y mis risas y a tenderme una mano cada vez que Serguei estaba demasiado ocupado preparando una muestra. El resumen es burgués y simplón pero así fue. Yo pienso que mi culpa fue no haberlo hablado, no haber preparado una cena (tal vez aquella igual al puchero que comimos juntos cuando nos conocimos) y confiar en que me iba a entender. Y me iba a querer rescatar. Creo que siempre crei que los hombres son demasiado orgullosos para luchar por algo salvo que se trate de una competencia entre ellos. Y no dije. Y lo dejé así porque de repente fuimos tres. Y tres fue perfecto. Nunca más me sentí sola. Nunca más me falto el amor. Ni la fe de saber que era musa pero también inspiradora de acciones intrepidas y queribles. César entro en escena y se sentó en medio del escenario para quedarse. No lo supe hasta que fue demasiado tarde.
Lo dejé estar.
Nos seguimos queriendo.
Tosca seguia sonando.
Callas. Maria. Calla.
Como suele ser en una obra de teatro: cuando un personaje se aleja es como si diera la señal perfecta para que el otro se acerque.
Complicado.
¿Por qué no acercarnos cuando estamos cerca y alejarnos cuando todo está perdido?
Eso sólo parece funcionar al comienzo.
Y ya luego nos olvidamos. Nos apoltronamos. nos acopiamos. Nos pensamos que el trabajo del amor es un trabajo cansador y preferimos cargar cajones en el puerto.
Y así fue.
El día menos pensado César comenzó a espiarme. A descifrarme. A leer las entrelineas de todo lo que no decia. A anticipar mis llantos y mis risas y a tenderme una mano cada vez que Serguei estaba demasiado ocupado preparando una muestra. El resumen es burgués y simplón pero así fue. Yo pienso que mi culpa fue no haberlo hablado, no haber preparado una cena (tal vez aquella igual al puchero que comimos juntos cuando nos conocimos) y confiar en que me iba a entender. Y me iba a querer rescatar. Creo que siempre crei que los hombres son demasiado orgullosos para luchar por algo salvo que se trate de una competencia entre ellos. Y no dije. Y lo dejé así porque de repente fuimos tres. Y tres fue perfecto. Nunca más me sentí sola. Nunca más me falto el amor. Ni la fe de saber que era musa pero también inspiradora de acciones intrepidas y queribles. César entro en escena y se sentó en medio del escenario para quedarse. No lo supe hasta que fue demasiado tarde.
Thursday, 18 October 2007
8
Como si supiese todo, Hernán pasó dos semanas sin hablarme. Me miraba con el entrecejo fruncido y seguía enfrascado en su paleta.
Hasta que habló, después de mi.
- Estás loca -,dijo y tiró el pincel al balde- Del mismo modo en que nadie puede vivir en dos lugares a la vez. Así, vos, te volviste loca.
Discutir cordura y sensatez con Hernán podía ser la tarea más titánica alguna vez imaginada. Me limité a mirarlo socarrona que recuerda cuantas veces le cerré una puerta para que se escapase por el balcón de los Capuleto. Porque él era un Romeo y yo casi su nana. Estaba furioso como cuando alguien siente que la cuidadosa estrategia se le cae de la mesa.
- Me quedo acá, en la repisa que vos me compraste, cambio de color según el tiempo, ¿espero y soy feliz? ¿Debería haber sido así?
Suponías que debería haber funcionado, pero no.
Implacable.
Me faltaba el color en las mejillas y me quisiste arreglar con unos toques de óleo calcáreo. Claro, total las costras se abren en una piel que es mía.
- ¿No vas a hacer nada? ¿Decir nada? -, repetía más de diez veces por segundo.
Mi cabeza se movía (sólo para hacer psinapsis).
No.
Cómo explicarle que así me sentía perfecta. En medio de un mundo rugoso y de otro liso. De una ópera muy fuerte y de un vals cantado con vocecita de niño.
Eran las cuatro, parecían más de las diez. Era febrero y Hernán decidió que era el tiempo que le prestaba la mejor oportunidad para jugar a ser Judas.
Hasta que habló, después de mi.
- Estás loca -,dijo y tiró el pincel al balde- Del mismo modo en que nadie puede vivir en dos lugares a la vez. Así, vos, te volviste loca.
Discutir cordura y sensatez con Hernán podía ser la tarea más titánica alguna vez imaginada. Me limité a mirarlo socarrona que recuerda cuantas veces le cerré una puerta para que se escapase por el balcón de los Capuleto. Porque él era un Romeo y yo casi su nana. Estaba furioso como cuando alguien siente que la cuidadosa estrategia se le cae de la mesa.
- Me quedo acá, en la repisa que vos me compraste, cambio de color según el tiempo, ¿espero y soy feliz? ¿Debería haber sido así?
Suponías que debería haber funcionado, pero no.
Implacable.
Me faltaba el color en las mejillas y me quisiste arreglar con unos toques de óleo calcáreo. Claro, total las costras se abren en una piel que es mía.
- ¿No vas a hacer nada? ¿Decir nada? -, repetía más de diez veces por segundo.
Mi cabeza se movía (sólo para hacer psinapsis).
No.
Cómo explicarle que así me sentía perfecta. En medio de un mundo rugoso y de otro liso. De una ópera muy fuerte y de un vals cantado con vocecita de niño.
Eran las cuatro, parecían más de las diez. Era febrero y Hernán decidió que era el tiempo que le prestaba la mejor oportunidad para jugar a ser Judas.
7
Ellos se pavoneaban hacia afuera, se inquietaban. Hasta que apareciste vos. De callado, de accionador de perillas cuando se corría el telón. Y yo te amé desde mi silencio al tuyo, de repente. Hacer y ser. Polvo volátil. Esperar el segundo entreacto para escaparme a tus brazos.
- 500 dólares por mes, pago del 1 al 5. No aceptamos animales domésticos ni música a altas horas de la noche.
Filguer se esfumó en el aire. Sus condiciones me resultaron extrañas. Ruidos. ¿De quién? Yo iba a ese lugar a estar sola.
Te sentaste en el piso con la mirada clavada en el techo que ya para estar a la altura de los acontecimientos precarios parecía estar hecho de paja. Con sólo diez minutos de estadía, se oyó el timbre. El señor Filguer me traía un recibo. Parado en la puerta mironeaba mientras hacia un ritmo sincopado con sus botas y los ojos grandes como un estadio de fútbol. Asentí y antes de que pudiese decir alguna frase, le cerré la puerta y volvi. Era un lugar sin muebles, tenía una vela clavada en una botella de vino portugues redondita y regordeta. El color del fuego era lento. Rojo y azul. Me miraste desde un ángulo inusual. Nos reímos.
Nos reímos.
Nos.
Tus besos con sabor a estufa con pantalla de gas me acariciaron. Apareció un vals chiquito sonando por lo bajo y a lo lejos. Nos quedamos desnudos en el piso. Pensé en taparte. Me dejaste abrazarte.
Contraparte.
Serguei: me impresionaba su imagen desesperada llamandome de tanto en tanto ¿Iba a explotar desde el centro como un tifón ¿O se callaría?
Eso sería más tarde, ahora me doy vuelta en el piso, te abrazo y siento, mi querido César, que estar con vos es como volver al río. Que se mueve, me moja, me salpica, me acuna y me lleva mientras yo me río. Río.
- 500 dólares por mes, pago del 1 al 5. No aceptamos animales domésticos ni música a altas horas de la noche.
Filguer se esfumó en el aire. Sus condiciones me resultaron extrañas. Ruidos. ¿De quién? Yo iba a ese lugar a estar sola.
Te sentaste en el piso con la mirada clavada en el techo que ya para estar a la altura de los acontecimientos precarios parecía estar hecho de paja. Con sólo diez minutos de estadía, se oyó el timbre. El señor Filguer me traía un recibo. Parado en la puerta mironeaba mientras hacia un ritmo sincopado con sus botas y los ojos grandes como un estadio de fútbol. Asentí y antes de que pudiese decir alguna frase, le cerré la puerta y volvi. Era un lugar sin muebles, tenía una vela clavada en una botella de vino portugues redondita y regordeta. El color del fuego era lento. Rojo y azul. Me miraste desde un ángulo inusual. Nos reímos.
Nos reímos.
Nos.
Tus besos con sabor a estufa con pantalla de gas me acariciaron. Apareció un vals chiquito sonando por lo bajo y a lo lejos. Nos quedamos desnudos en el piso. Pensé en taparte. Me dejaste abrazarte.
Contraparte.
Serguei: me impresionaba su imagen desesperada llamandome de tanto en tanto ¿Iba a explotar desde el centro como un tifón ¿O se callaría?
Eso sería más tarde, ahora me doy vuelta en el piso, te abrazo y siento, mi querido César, que estar con vos es como volver al río. Que se mueve, me moja, me salpica, me acuna y me lleva mientras yo me río. Río.
6
Prestos. Salimos corriendo bajo la nieve.
- Que no quiero nada si no es contigo
- No te escucho -, le grite cuando todavía le llevaba unos 10 metros de ventaja.
- Que la gallería es troppo grande sin te -, me gritó.
- ¿Cómo podés saberlo, si nunca estuve más de 10 minutos?
- Lo escucho, lo veo - me dijo parado en medio de la Avenida A.
El cielo era color lavanda.
- Dale, nena ¿Qué te parece?
Now you see me.
Simple.
Aunque, atenta a que nadie me había enseñado la simpleza, me lo advertí.
Pero Serguei insistió. E insistió hasta que quedé plegada entre sus sábanas. Pocas veces nos dimos la espalda. Nos miramos las pocas arrugas. Nos metimos en un café.
- Dos chocolates calientes, dijo Sergui y se arregló el bigote. Tenía una enorme cara de contento. Estaba empeñado y yo me dejé estar.
Un amor de colores oscuros de duración quinquenal, eso íbamos a tener. Porque en el rellano él era tierno. Cuando se le pasaba el maremoto era tierno. Y si el mundo se le agitaba, mejor aún, ahí tenía la situación perfecta de creer que de mi podía aprender algunos silencios. Que me provocase ternura no era nada nuevo. Aquél primer domingo llegó con la boina entre los dedos, un cuadro de Riccot en la mano. Le caía perfectamente y la palabra, desde entonces, fue tierno.
- Que no quiero nada si no es contigo
- No te escucho -, le grite cuando todavía le llevaba unos 10 metros de ventaja.
- Que la gallería es troppo grande sin te -, me gritó.
- ¿Cómo podés saberlo, si nunca estuve más de 10 minutos?
- Lo escucho, lo veo - me dijo parado en medio de la Avenida A.
El cielo era color lavanda.
- Dale, nena ¿Qué te parece?
Now you see me.
Simple.
Aunque, atenta a que nadie me había enseñado la simpleza, me lo advertí.
Pero Serguei insistió. E insistió hasta que quedé plegada entre sus sábanas. Pocas veces nos dimos la espalda. Nos miramos las pocas arrugas. Nos metimos en un café.
- Dos chocolates calientes, dijo Sergui y se arregló el bigote. Tenía una enorme cara de contento. Estaba empeñado y yo me dejé estar.
Un amor de colores oscuros de duración quinquenal, eso íbamos a tener. Porque en el rellano él era tierno. Cuando se le pasaba el maremoto era tierno. Y si el mundo se le agitaba, mejor aún, ahí tenía la situación perfecta de creer que de mi podía aprender algunos silencios. Que me provocase ternura no era nada nuevo. Aquél primer domingo llegó con la boina entre los dedos, un cuadro de Riccot en la mano. Le caía perfectamente y la palabra, desde entonces, fue tierno.
Subscribe to:
Comments (Atom)